Mostrando entradas con la etiqueta aburrimiento. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta aburrimiento. Mostrar todas las entradas

lunes, 10 de septiembre de 2012

Continuum (2000)


Me he levantado con la misma sensacion de pesadez y abotargamiento que todos los dias uno de enero de todos los años que recuerdo en mi vida. Con esa sensacion de horario traspapelado que todos los años me acompaña, con ese reseco amargor en la boca de una cena a la que tu organismo no esta habituado, que se va acrecentando con las años porque el organismo tolera cada vez peor las transgresiones.


He puesto la televisión y entre las repeticiones de los programas de la noche anterior he seleccionado, como todos los años el programa de saltos de esquí en no se que estación invernal de no se que país del norte de Europa, en el que refugio ese resto, que es la parte principal, de mi sueño no satisfecho, pronto me quedaré de nuevo dormido al amoroso rumor de los aplausos a los esquiadores. A través de la ventana, mientras veo a lo lejos el despegue de un avión de Iberia, me llegan los rayos claros y adivinádamente fríos del sol de enero. Nada es distinto de lo que siempre ha sido un uno de enero. Dentro de un ratito mi suegra vendrá con un vaso de limón con anís, que mi estomago agradecerá infinitamente. Casi el mejor momento de la mañana.


A media mañana cambio de canal, haciendo un pequeño recorrido por infinidad de programas absolutamente iguales que muestran de forma abigarrada un balance de los logros, desgracias, catástrofes, personajes positivos y negativos, anécdotas, etc... del periodo que examinan. Otros muestran repeticiones de inacabables programas emitidos la noche anterior, y en los que uno no sabría distinguir cual es cual, y en los que ciertas figuras hacen todo un alarde de ubicuidad apareciendo de forma casi simultanea en distintas cadenas. La proliferación de canales privados, públicos, semipúblicos, locales, nacionales, internacionales... han hecho que no haya suficientes personajes importantes para todos. Finalmente me paro, como tos los uno de enero, en el Concierto de Año Nuevo, que retransmiten en directo desde Viena. Como todos los años me digo que si algún dia los negocios van mejor me gustaría verlo en directo.


Una vez acabado el concierto nos vestiremos y saldremos hacia la casa de mis padres, donde celebraremos la comida de año nuevo. La mesa larga en el salón estrecho, una cierta alegría de estar un año mas todos los que debemos de estar, y una larga sobremesa que se adentra con desparpajo en la oscuridad de una tarde corta de invierno, y a la que me podré sumar cuando despierte de la siesta.

domingo, 9 de septiembre de 2012

El Carnaval de las Aguas (08-2001)



Los días de agosto se suelen caracterizar en Madrid por el calor y la posibilidad de realizar ciertas actividades sin necesidad de sumergirse en un maremagnun de semejantes con la misma idea dispuestos a aguantar interminables colas para acceder a sus aspiraciones.

Eran ,mas o menos, las once de la mañana cuando llegué al estanque del Retiro, y al ver el agua calma,, la poca gente que se guarecía  a la sombra de los árboles, y el escaso número de barcas que intentaban darse un aire marinero tripuladas por intrépidos padres marineros de familia, o novios dispuestos a asombrar con su pericia remera, decidí embarcarme en la aventura de buscar una sombra a la orilla y dormitar durante una hora con la sensación refrescante del agua al alcance de la mano.

Así estaba. Tumbado en el banco corrido de la parte trasera de la barca, sin camisa, los pies puestos en el banco central, la cabeza echada hacia atrás y la mano derecha sumergida en el agua. Ya llevaba un rato en el que notaba pequeños pellizcos en las puntas de los dedos y con gran pereza entreabrí los ojos y contemplé como las carpas, pequeñas, y los ciprinos se arremolinaban alrededor de mi mano y me daban pequeños chupetones. En un momento en que vi acercarse una carpa de un tamaño un poco mayor, removí perezosamente la mano y el intruso se alejó. Volví a trasponerme.

Un chapoteo cercano me devolvió a la consciencia. Otra barca se acercaba a la mía. Con lo grande que es el estanque aquel patoso tenía que venir justo a donde yo estaba.

Fue inevitable que me fijara en el personaje. Mayor, mas de setenta, la cara surcada de arrugas y una barba a medio afeitar, blanca, irregular. Una pipa le colgaba del lado derecho de la boca. Vestía una camisa blanca de franela, le faltaba un botón, iba a medio remeter en unos pantalones de paño oscuro con brillos producidos por el uso reiterado y algún vestigio de salitre cerca de las costuras, que caían con desgana por las piernas del personaje hasta integrarse en unas clásicas botas de agua. Remaba de pie sobre el bote y de cara al sentido del desplazamiento, tal como lo hacen los marinos expertos.

Dado el entorno en el que se me presentaba me pareció una caricatura de marinero, un cruce entre Popeye y el capitán Ahab pescando su ballena blanca en una bañera. Sin moverme, esperé indolentemente la llegada de la visión hasta mi. Vino directamente, sin ningún titubeo.

-          ¿Sabes en que fecha se celebra el carnaval de las aguas?

Es difícil saber si llegué a mover algún músculo de mi cuerpo, no se siquiera si alguna neurona emitió alguna señal encaminada a responder a la pregunta.¿ Se podía responder algo?.

Sin perderme la cara ni los ojos durante un solo instante remó un par de golpes hacia atrás, alejándose de mí.

Cuando empezaba a pensar que se alejaría tal como había venido, rapidamente, se paró un momento, lanzó una risotada de cuento de taberna marinera y levantado la mano izquierda, ahora claramente rematada en una mano metálica, articulada, volvió a hablarme.

-          Pues fíate de los peces de colores.


Mi mano saltó, literalmente, del agua justo en el momento en que una carpa de tamaño desmesurado hacía chascar sus mandíbulas en el sitio en el que hacía un momento estaban mis dedos, una inmensa y triangular aleta parecía querer abrirse paso en el lomo del inocente pez y, estoy convencido, había una costura o cremallera en el costado de la carpa, justo junto a las agallas. Ahora yo también se en que fecha se celebra el carnaval de las aguas y no volveré a fiarme de los peces de colores, ni de los del acuario de mi tía.

Angel (06-2012)


Cuando Angel recogió los análisis y los leyó casi pudo recrear palabra por palabra la entrevista con el especialista. En realidad lo sabía antes de leerlos, lo sabía desde que se despertó unas tardes atrás en una cama de hospital rodeado de aparatos con números y dibujos, y de las caras de sus hijos que expresaban, cariño, responsabilidad y preocupación, y tal vez, tal vez fuera una maldad o tal vez no, una pizca de fastidiosa expectativa. 

Estaba en casa dividiendo cada segundo entre una película, la cena y el aburrimiento que cotidianamente llenaba su vida -esa vida que desde que hacía ya algunos años la falta de Lola había trastocado y vaciado de esos instantes que solo los solitarios saben valorar, los de las discusiones, los de las caricias al paso, los de soledad compartida, tan distinta de la soledad solitaria que ahora era la suya, estaban los hijos, claro, que venían a visitarte, pero esos eran momentos de soledad futura, la que sentías cuando se iban y que anticipabas ya cuando llegaban, bueno y los amigos, con los que a diario compartías los únicos ratos con contenido, una buena charla, una película, una partida, recuerdos de instantes ya pasados que revivían con todo su esplendor- cuando se le fundieron los plomos

A veces, por la mañana, en la primera mirada en el espejo, o incluso en el primer pensamiento consciente al despertarse Angel se preguntaba para que otro día, que ilusión podía llamarle a vivir con ansia, a bocados, con ganas de que llegue el siguiente día antes  de se acabe el que estamos viviendo. No había respuesta. Si, si que había respuesta pero la cobardía acumulada, el convencionalismo social no le permitía ni siquiera considerarla. No había nada en su vida actual que pudiera motivarlo. No había nada en su vida actual que pudiera llamarse vida. Sobrevivía porque la sociedad y sus reglas así lo habían dispuesto.

Angel, como tantos angeles que a su alrededor estaban en su misma situación, era reo de las costumbres y los convencionalismos, apegado a su cotidianeidad que justificaba con sus hijos y sus amigos, y con algún encuentro ocasional que dejaba más vacío del que llenaba.

Ahora por fín tenía un objetivo en la vida, desmentir la certeza que se desprendía de esos números y palabras,  persistir en esa no deseada vida que pretendía acabarse.