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lunes, 10 de septiembre de 2012

El Cobrador (01-2003)


Dice la sabiduría popular que lo que mal empieza peor acaba, y dice la maldición gitana que juicios tengas y los ganes. Maldita sea, tenia que venir yo a enlazar lo más acertado de la sabiduría popular, con lo mas atinado de la taumaturgia gitana.

Tenia yo por entonces una pequeña empresa que daba lo suficiente para vivir los cuatro que en ella trabajábamos, pero no podíamos evitar el pensar que si encontrábamos a alguien que pudiera aumentar nuestras ventas, podríamos aspirar a mayores empresas.

Dio la casualidad, la malhadada casualidad, de que por aquel entonces conocimos e hicimos algunas operaciones con D. Juan Ángel Gorichato, maldito sea su nombre. Demostró grandes cualidades comerciales, y todo discurría con gran facilidad. Llegado un momento pareció que la mejor posibilidad era asociarnos y crear una empresa.

Las peripecias que acontecieron no son el objeto de esta historia, y dan de sobra para otra que tal vez algún día cuente, y lo que si lo son, son las dos letras de casi un millón de pesetas que me quedaron como única herencia de la desventurada peripecia empresarial. Letras convenientemente aceptadas y que aun el día de hoy no he conseguido cobrar.

Por supuesto, cuando llegaron los días correspondientes a los vencimientos de las letras, estas fueron presentadas, y por supuesto, fueron devueltas, y por supuesto, fueron puestas en manos de mi abogado, que presento la correspondiente denuncia, y por supuesto ganamos, y por supuesto, se cumplió la maldición gitana.

Ganamos, a un individuo que no pudo ser localizado a pesar de que la justicia tenia todos sus datos y los de su familia, casi como en el chiste, se como te llamas, se donde vives, se en que trabajas, y además en este caso, donde trabajas. Ni así, la justicia no consiguió localizar al interfecto.

Paso casi un año desde el vencimiento de la segunda letra, cuando ojeando un periódico de tirada nacional, en las paginas de anuncios, estaba buscando casa, me vino a los ojos un anuncio que decía:



COBROPER, S.L.
gestión de impagados


                                C/xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx
                                 Tfn./fax: xxxxxxx


Ante mi absoluta desesperanza, llame al teléfono que figuraba en el anuncio. Fue la primera vez que hable con Bermúdez, mas me valiera que fuese la ultima. Bermúdez concertó conmigo una cita para dos días mas tarde, conocernos y charlar sobre el problema y sus condiciones.

No era como yo me había imaginado. Ni por su voz por teléfono, ni por su profesión había supuesto algo parecido a su autentico aspecto físico. No importa su complexión, no importa su presencia o su altura, nada importaba al lado de su aspecto moral.

Bermúdez era pequeñito de tamaño, bajito, tartamudo y muy acicalado, pero a primera vista era un correo carcelario. Grandes ojos tristes, barbilla huidiza y una expresión que suplicaba admiración. Ese era Bermúdez a primera vista.

Imagínese por un momento una típica película de presidiarios. La cámara hace un barrido por el patio de recreo en el momento en que todos los presos están en él. Aun a primera vista, se puede adivinar el papel que cada uno desempeña en la colectividad. Un individuo de cuerpo endeble y mirada huidiza sale de un grupo de presos tras escuchar las instrucciones que le imparte otro que parece tener una posición predominante en el grupo, para dirigirse, con premura y un cierto aire de importancia, hasta otro grupo similar en su constitución al primero. Ese es Bermúdez, Si Bermúdez estuviera en esa película uno lo identificaría, invariablemente, como el correo de los grupos organizados de la prisión. Un personaje chocante que sobrevive gracias a su propia insignificancia.

Así era Bermúdez. De aspecto y mirada huidizos, su único tema de conversación era la propia alabanza, su frecuencia de palabra era similar a la de disparo de una ametralladora y uno tenia la sensación de que a la mas mínima interrupción saldría corriendo. Chocante, no lo define exactamente, pero lo era. Peligroso, no por él mismo, si no por lo que parecía esconder. Moralmente incorrecto, era el aspecto general.

Todas esas sensaciones que me había transmitido deberían de haberme puesto sobre aviso, pero cuando uno esta desesperado es capaz de ser sordo y ciego a cualquier tipo de toque de atención. Bermúdez examinó, con aspecto pericial, las letras, sentencias y demás papeles que yo le proporcioné. Según iba leyendo su indignación crecía de tal manera, que por un momento pensé en una transmigración. No, esa era su manera de identificarse con el cliente, como una médium que cae en trance, o como los cánticos rituales de una macumba. Bermúdez estaba asumiendo la justa indignación necesaria para hacerse cargo del cobro de aquellas letras que aquel chorizo, aquel hijo de puta, aquel maleante, palabras todas y textuales de Bermúdez, no me había pagado. Por un momento pensé en que tenía que tranquilizarlo, luego me di cuenta que el verdadero acreedor era yo.

Al fin, tras el acuerdo de las cantidades iniciales a percibir, anticipadamente, firmamos un contrato y Bermúdez salió, cargado de justa indignación y papeles, por la puerta. Yo me quedé con la justa esperanza de que cuando volviera a ver a Bermúdez traería en sus manos un talón. La justa esperanza , y una leve, vaga, creciente intranquilidad por el personaje que había ligado a mi vida.

No creo que llegara a media hora cuando Bermúdez se puso en contacto conmigo para comunicarme que había llamado al sinvergüenza, vuelvo a citar textualmente, a su casa, a casa de sus padres y a la de todos sus hermanos para comunicarles que tenia unas letras que debía de cobrar a la mayor brevedad.



- A que soy eficaz,¿ eh?. ¿Que te parece?,¿ que opinas?.

- Muy bien Bermúdez, muy bien.

- A que no pensabas que funcionábamos tan bien, ¿eh?.

- No, muy bien.


Dios mío, que le podía decir. Estaba ahogándome en una mezcla de desconcierto y vergüenza ajena. Pero ¿que quería que le dijera?. ¿Que se puede decir cuando uno esta ahogándose en el estupor, ya casi, nada mas colgar, indignación?.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo al pensar que esto empezara a ser habitual. Inocente.

Durante la siguiente semana, Bermúdez y su requerimiento de aplauso, me llamaban, como mínimo, una vez por la mañana y otra por la tarde para ¿informarme? de las distintas gestiones, casi cualquier cosa era una gestión para Bermúdez, que había realizado hasta ese momento. Era insufrible, era acongojante, era desesperante. Y siempre terminaba igual. Creo que lo realmente exasperante era que desde el principio estabas esperando el final, aquel final absurdo, ridículo, aquel final que te dejaba sumido en una mezcla de asombro y necesidad de llorar. Si alguna vez han conocido a unas de esas personas que tienen una frase o palabra ocurrente que añadir a cualquiera que los demás digan, sabrán de que le hablo.

- A que no pensabas que éramos tan eficaces, ¿eh?

Dios mío, una semana, mínimo dos veces por día. Tenia un teléfono móvil, pero nunca le di el numero.


Durante el domingo de aquel fin de semana, según se acercaba la noche, un vértigo, una especie de nausea, me invadía y me ponía sobre aviso de que en apenas unas horas sonaría el teléfono, yo lo descolgaría y la voz de Bermúdez barbotaría un montón de datos, banales, evidentes, cuando no contenidos en los papeles que se había llevado y después diría:

-A que no pensabas que éramos tan eficaces, ¿eh?

Y una especie de eco, que me llevaba hacia abajo...

-¿Eh?,...,¿eh?,...,¿eh?,...,¿eh?,...

Cuando llegó la hora de irme a la cama, estaba enfermo, no podía ir al día siguiente a trabajar, no podía oír sonar un teléfono, en definitiva, no podía ni plantearme hablar con Bermúdez. No podría soportar ni una llamada mas de Bermúdez. Iluso.

El lunes por la mañana Bermúdez no llamó. Desgraciadamente no llamó. Directamente vino. Sonó el timbre. Como nadie lo esperaba abrí con naturalidad. Se me descolgó la mandíbula. Dos ojitos totalmente redondos, a distinta altura, en algún lugar de una cara totalmente redonda, con una barbita bien recortada y una barbilla en un punto intermedio entre la oreja derecha y su lugar natural, y una sonrisa de dientes desiguales y amarillentos, me contemplaba desde el dintel de la puerta, Bermúdez, claro.

Venia a traerme las ultimas novedades. Pero antes tenía que hacer una llamada. Que dio lugar a que tenía que hacer una segunda llamada. Cada una daba lugar a otra, sentado en mi despacho, utilizando mi teléfono, haciéndome comprobar que si podía aguantar mas, y mas, y que la indignación no tiene limites, ni la estupidez. Y entre llamada y llamada, historia, o retazo de historia, sobre lo que había cobrado para otros clientes, y a los matones que conocía, y a que se dedicaban. Pero él era legal...

-¿Eh?...

Después de casi hora y media se fue. No pude saber que gestiones había hecho, no me las contó. Y yo no se las pregunté. Y si me las contaba y se quedaba otra hora y media...

-¿Eh?...

Si la fase de llamada telefónica duró una semana, que se hizo infinita, la de aparición inesperada, esto solo la primera, las demás, temidas, con apropiación de despacho, conversación anodina y afirmación de progresos inesperados, duró casi un mes, un largo, eterno mes. Y no fue lo peor.

De repente, inesperada, pero previsiblemente, cambió, empeoró. Como siempre, sin avisar, Bermúdez apareció en la puerta, con su aspecto de deprimido físico crónico. Pero había una novedad, Bermúdez venía acompañado de una especie de angelote de Murillo recién salido de una sala de musculación. De la sala de musculación acababa de salir el cuerpo. De Murillo era la cara. Alitas no parecía tener, aunque la chaqueta parecía de tamaño suficiente para contenerlas. No tenía mas de veintidós años. Al lado de Bermúdez parecía tener buen aspecto. Claro que eso no era un gran mérito.

Bermúdez me lo presento, aunque no consigo recordar el nombre, y me explicó que era la persona que lo acompañaba cuando iba a visitar a los morosos. Porque aquella mañana habían ido a visitar al cabrón, termino de Bermúdez, aquel y lo habían esperado a la entrada de la oficina. Y se había presentado a eso de las diez, eran las once, y en principio había negado que fuera él, pero había acabado confesando.

Le habían dicho que volverían en quince días y que tuviera preparado el dinero, o parte y un plan viable de pago. Luego, aun no salgo de mi asombro, le habían escrito una nota recordándole los términos de la conversación, a mano, y la habían echado en el buzón de su madre. Bermúdez tampoco debía de ir al cine.

- A que somos eficaces, ¿eh?

- Si Bermúdez, mucho.

- Seguro que con esta visita queda resuelto,¿verdad tu?

Decía dirigiéndose a angelote, que asentía muy formal dentro de su traje gris clarito, por encima de una corbata que solo debía de utilizar en esas ocasiones. Y me preguntaba, ¡a mí!.

- ¿Crees que con esta visita bastará?.¿Eh?

- No lo se, Bermúdez.

- Yo creo que se ha quedado acojonado. Tu que crees,¿ eh?

Por mucho que yo contestaba que no había estado allí, él volvía, una y otra vez a la pregunta, como esas  canciones que van combinando las distintas formas de una frase. De vez en cuando, para variar, Bermúdez intercalaba historias de pasadas hazañas, mientras angelote callaba, asentía cuando le preguntaban o sonreía cuando la baladronada de Bermúdez acababa en un comentario dirigido directamente a él. Y casi tres horas.

La satisfacción de Bermúdez debía de ser grande porque aquel día solo hizo una llamada. Y quedamos para quince días después, una vez que lo hubieran visitado de nuevo. Yo alternaba la alegría de pensar que podría, al fin, cobrar y la de pensar que en quince días iba a descansar sin ver a Bermúdez. Y no sabia cual era mayor. Y seguía siendo un iluso.

Estaba, esa misma tarde, visitando a un cliente cuando sonó el teléfono. Era una llamada de la oficina. La persona que me había llamado se atropellaba queriendo decirme algo largo en el espacio de una palabra. La voz sonaba asustada y yo me asusté.

- Un robo


Intenté adivinar, mas por la voz de susto que por lo que había entendido.

-No

-Un accidente.

Seguía intentado adivinar, pero por mas que lo intentaba mi comunicante no acertaba a contarme lo que había pasado. Yo también empezaba a ponerme nervioso, y más con el cliente que no me quitaba ojo, y que a cada palabra que yo decía acercaba disimuladamente su cabeza a mi teléfono. Incluso parecían abrírsele mas los ojos y crecerle las orejas. Bueno no sé si se le abrían mas los ojos o le crecían las orejas, pero el caso es que ya no conseguía centrar mi atención que volaba incansable de la cara del cliente a la voz del teléfono y a mi imaginación que trabajaba a toda maquina intentando hilvanar una historia coherente desde un atropello lingüístico. Cuando ya parecía estar llegando al limite, la persona que estaba al otro lado del teléfono permitió que otra le diera el relevo, y por fin me informaron.

-Oye, que han estado aquí dos tipos con aspecto patibulario y que se identificaron como policías. Que te han denunciado, a ti y a tu padre, por agresión, amenazas y haber disparado un tiro contra una furgoneta.

Dios mío!, pero si yo había conseguido en la mili librarme de las practicas de tiro porque no me gustaban. Pero de donde....

Coño, claro Don. Juan Ángel Mecagoensupadre, Bermúdez, maldita sea, ¿en que lío me había metido ahora?. ¿Que extraña fatalidad me había llevado a contratarle? Inmediatamente llamé  a mi abogado que me explicó que lo mejor era que llamase a la comisaría a la que pertenecían los policías y hablase con ellos. Con ellos y con Bermúdez, al que debía de convencer para que me acompañase.

Llamé inmediatamente a la comisaría y pregunté por los policías que nos habían visitado, pero no estaban. E inmediatamente llame a Bermúdez que si estaba, y le conté lo que había pasado. Inmediatamente se puso a mi disposición para ir a donde hiciera falta.

Lo recogí con el coche y nos fuimos directos para la comisaría. Le explicamos al policía de guardia el asunto por el que estábamos allí y nos envió a un despacho en concreto. Los policías aun no habían llegado, pero otro compañero nos atendería. Yo intentaba llevar la voz cantante. Desde pequeño me habían instruido sobre las relaciones con la autoridad. Cuanto menos enfrentamiento mejor solución. Los padres de Bermúdez no opinaban lo mismo que los míos. Desde el primer momento Bermúdez se comportó como, a mi me parecía, se comportaría cualquiera que fuese culpable de los delitos que figuraban en la denuncia.


Se paseaba por el despacho como un león enjaulado. El despacho era largo y con una cristalera a la calle en uno de sus costados. Cuatro mesas de aspecto paupérrimo, como si tras haber soportado treinta generaciones de estudiantes y quince años de trasteros, se hubieran puesto en uso sin ningún tipo de reacondicionamiento, enfrentadas dos a dos y una quinta al fondo en sentido perpendicular a las demás. Carteles de organismos oficiales, fundamentalmente de la policía, colgaban de las paredes. Bermúdez iba y venia haciéndose el centro de la atención de los agentes. El que me interrogaba miraba para el de vez en cuando y ponía una cara... Bermúdez ajeno a la negativa impresión que estaba causando entre paseo y paseo, inopinadamente, se dirigía al otro funcionario y lo interpelaba.

- Es un hijo de puta, un chorizo profesional. Tenía que haberle hecho lo que dice, ¿no le parece a Vd.?, ¿Eh?

Paseos.

- Esta gente no tiene vergüenza. Menudo cabrón. Se merecería que le pegaran una paliza y lo dejaran tirado por ahí. ¿Eh?

Mas paseos

- Un buen susto es lo que habría que darle. Que se cagara por las patas abajo. Estos mamones solo atienden por el miedo. Si es que nos debe un montón de dinero. Menudo cabronazo. ¿Eh?

Cada vez que veía a Bermúdez dirigirse hacia el policía, sentía  como las esposas se cerraban sobre mis muñecas. Ya está, de esta nos detienen y vamos directos al trullo. Nadie puede hacerlo peor, ni a propósito. La imagen de películas vistas en las que el padre es detenido ante el estupor de su mujer e hijos, pasaba una y otra vez por mi cabeza. Pero si yo lo único que había pretendido es que se ejecutara la sentencia favorable a mi. Solo eso. Yo solo quería mi dinero. Pero es que el imbécil, palabras mías, de Bermúdez no se daba cuenta de que estaba haciendo todo lo posible para que no saliéramos de la comisaría.


Mientras esperábamos a que nos llamaran para declarar, Bermúdez me había dado toda una charla sobre como comportarse en estos casos. No había por que preocuparse. Salvo que abrigaran sospechas de que realmente hubiéramos cometido los delitos no tendríamos problemas.

- Porque yo ya he estado en comisaría muchas veces. ¿Eh?

-  Ya. (¿Y cuantas no saliste?)

- Porque nos creerán a nosotros y no a ese hijo de puta. ¿Eh?

- Eso espero. (¿Eh?)


Después de mí le tomaron declaración a Bermúdez. Mientras lo oía declarar pensaba si vendiendo el apartamento tendría suficiente para pagar la fianza. Eso si mi mujer estaba de acuerdo. Pero claro, no me iba a dejar encerrado sin hacer nada. Claro que también había que pensar en el futuro de los niños. ¿Seria mucho el tiempo que transcurriese hasta que se comprobara que yo no sabía nada de la historia?. Bueno, al menos espero que al ir con Bermúdez use de sus conocimientos para que la cosa no sea excesivamente dura. Tendré que escribirle a Alberto para que no deje de atender a Industrias Manufactureras, S.A., que nos deben aun un montón de dinero. Tal vez, con la devolución de la renta, si llegara a tiempo. Cuando oí que podíamos irnos y que seguramente nos volverían a llamar, aparecí en la calle. Y Bermúdez a mi lado.

- Yo creo que se han quedado convencidos. He sido muy claro. ¿Eh?

-...

-Lo que pasa es que debí de decir que si había escrito la nota.¿ Eh?

- ...?

- Tengo que avisar a angelote para que diga lo mismo que yo. Si no te importa vamos hasta tu oficina y lo llamo en un momento, porque mañana tenemos que volver los dos. ¿Eh?

- Lo siento, tengo que ir directamente a un cliente que me esta esperando.

Mi capacidad de ¿ehs? Estaba ya al limite. Me aterraba pensar que me hubiera librado, momentáneamente, de esta y cayera en una denuncia por enajenación mental transitoria y saturada. Necesitaba deshacerme de Bermúdez inmediatamente. Lo deje en la boca de metro más cercana y me fui a mi despacho a sudar íntimamente. Llegué, me encerré y grité insultos contra Bermúdez, contra Mecagoensupadre y contra mi mismo.

El miedo aflojó, y descansé de Bermúdez durante un mes. Luego recibí una citación del juzgado. Hay que ver el refinamiento de la justicia para martirizar al agraviado. Allí, en el pasillo, estábamos Bermúdez, angelote, Mecagoensupadre y yo. Bueno, y más gente afortunadamente.

- Nada, esto es para tomarnos declaración y luego se quedara en nada. ¿Eh? Porque seguro que enseguida ven que somos inocentes. ¿Eh?. Mira ahí está el hijo puta ese. ¿Porque no le dices algo?.¿ Eh?

- Bermúdez, mejor dejar pasar el momento. Vamos a esperar a que se resuelva lo del juicio.

- Pero yo creo que nos declararán inocentes. ¿Eh?. Vamos que no habrá ni siquiera juicio.¿ Eh?.

- Si yo también lo creo.

 - ¿Porque no lo llamas después por teléfono a ver si te paga?. ¿Eh?. Yo creo que esta acojonado. ¿Eh?.

Cuando acabé de declarar salí rápidamente para no tener que esperar a Bermúdez. Lo conseguí. Mas tarde me llamó.

- Ya le dije que era un hijo de puta, y que lo tenían que detener. Pero el viejo- se refería al funcionario que nos tomó declaración- me ha cogido manía, porque me cortaba, y lo único que hacía era preguntarme por la nota. Me obligó a escribir una igual.

Pasaron unos largos y tranquilos meses. No sabía nada de Bermúdez, ni de lo mío. Era casi feliz. Bermúdez, con angelote, apareció por la puerta.

- Resulta que ahora soy yo el acusado. ¿No sabias?. ¿Eh?. Me pueden caer cuatro años por las acusaciones del cabrón ese. ¿Tú crees que si le ofrecemos dinero retiraría la denuncia?. ¿Eh?.


¡Dios mío!. pero si yo lo había contratado para que me cobrara una deuda y ahora me pedía dinero para pagarle a quien le tenía que cobrar. Esmirriado y patético, Bermúdez aun intentaba darle un aire de triunfo a su petición.

- Le damos dinero ahora y en cuanto retire la denuncia nos presentamos a cobrarle. Seguro que entonces se acojona y en quince días nos paga. ¿Eh?. Ya me pasó esto con un cliente que...

Otra batallita. Pero ahora ya la cosa era más triste. Pobre Bermúdez, ¿eh?

Con una cierta pena me despedí de Bermúdez. Al fin y al cabo había intentado prestarme un servicio. Se había llevado parte de mi dinero y se había metido en un lío.

Sigo sin cobrar mi dinero, y ya no se nada de Bermúdez.

Si le deben dinero yo le sugeriría que se olvide de el. Si su dignidad, estúpida, se lo impide, demande judicialmente la deuda. Ganará. Confórmese. Si a pesar de todo decide dar un paso mas procure no dar con Bermúdez. Pero si a pesar de todo lo anterior  llama por teléfono y le contestan:

- Le deben dinero, ¿eh?

Cuelgue el teléfono, llame a su deudor, páguele un diez por ciento de lo que el le debe a cambio de un recibo que ponga en el apartado de concepto “por tonto”. Enmárquelo y póngalo a la vista. Se habrá ahorrado un montón de dinero en teléfono y un montón de momentos inenarrables. Palabra.

¿FIN?

domingo, 9 de septiembre de 2012

La Ciudad (1974)


Y al instante siguiente estaba en la ciudad. Tal vez justo antes de sentir un vértigo, una caída, no se, tal vez algún tipo de sensación de traslado.

La primera percepción pertenece ya a mi estancia en el lugar. Está formada por casa con aspecto de decorado, sin una presencia demasiado real para mis sentidos. Me deslicé por la calle en que me encontraba, solitaria, siempre solitaria, en todo mi recorrido, hasta que llegué a un edificio encima de cuya puerta había un letrero que ponía  C A S A    C O N S I S T O R I A L. Era el único edificio no plano, la única construcción con visos de realidad que había encontrado hasta aquel momento. Fué entonces cuando me di cuenta de que a pesar de que la distancia recorrida en mi marcha, nunca paseo, no era pequeña no había encontrado , o mejor, no había visto ninguna bifurcación ni cruce que rompiera la continuidad del decorado.

A los lados del edificio que cortaba sin solución de continuidad la calle por la que me había movido hasta entonces, como una compensación, mas que como una necesidad u obligación, se abrían sendas calles en sentido perpendicular, aunque no estrictamente perpendicular a pesar de la carencia de perspectiva, al de la dirección de esta.

No hubo indecisión por elegir el camino a seguir, tomé de forma natural, como si me dirigiese a algún lugar concreto y perfectamente reconocido por mi, como si fuese un lugareño, la calle que salía a mano izquierda según se miraba al edificio de frente.

El aspecto de las construcciones había tomado ya un carácter de realidad, pudiendo afirmar que eran de piedra, aunque ahora la impresión era de oquedad, como si dentro de ellas no hubiera pisos ni paredes, si no simplemente vacío, sin atreverme a decir que fuera Nada, algo semejante al vacío que uno imagina en el espacio, y me percaté de que en ninguna de ellas había ventanas ni aberturas de ninguna clase, aunque tal vez si tuvieran puertas.


No recuerdo de forma excesivamente clara mi andadura por la calle. Pudieron se horas, tal vez segundos -el tiempo no tiene un sentido cronológico- lo que transcurrió hasta que me encontré de nuevo ante la edificación del cartel, que aunque estoy seguro de que era la misma, su sentido, el del cartel me pareció entonces mas el de Ayuntamiento que el de Casa Consistorial, de lo que deduzco que a pesar de que leía el cartel con fluidez, el lenguaje, la estructura o las letras, quizás todo el conjunto, no pertenecían a mi idioma natural, tal vez a ninguno conocido. Tal vez lo que entonces veía mas que letras fuera un ideograma.

El hecho es que tampoco esta vez, a pesar de haber recorrido en su totalidad la calle, recordara haber visto ninguna bifurcación, ningún cruce, hasta encontrarme de nuevo delante del edificio, me produjo una leve sensación de intranquilidad, por el momento pasajera.

Puesto de nuevo ante el dilema de elegir camino, dilema que en realidad no existió, cogí de forma natural el de la derecha.

Tampoco varió mucho en este nuevo recorrido el aspecto de las edificaciones, aunque si el de las sensaciones. Lo que hasta ese momento se había desarrollado como un periplo turístico por un pueblo desconocido, dio paso a una leve inquietud, aún no identificada como tal, que se asentaba en el estomago en forma de ligero cosquilleo.

No hubo desviaciones ni cruces en el camino y sin embargo, por tercera vez, me encontré frente al edificio de siempre, y que era mi único punto de referencia. Empecé a pensar que hubiera no solo varios edificios iguales, si no también caminos distribuidos de tal forma que fuera imposible todo punto distinguir a uno del otro, una especie de red incomprensible de caminos iguales y edificios iguales que llevaban al visitante a encontrarse siempre el lugares que aunque distintos eran iguales. pero en mi interior tenía la certeza de que me encontraba en una ciudad, rara, inquietante, y no en un laberinto.


Fué esta la primera vez en que me fijé un poco en él. Su pared encalada, en algún lugar de la fachada el letrero hecho de madera y con los caracteres en pintura roja. Sus puertas estaban abiertas, o para expresarlo mas correctamente, no tenía puertas, aunque si las tuviera no importaría si estaban abiertas o cerradas, no se podía pasar. No era una sensación mental si no física, como si el hueco de puerta no fuera mas que una plancha de pintura negra extendida con animo de confundir a quien llegara ante ella, y detrás, al otro lado de la imposibilidad, solo hubiera piedra maciza. Tampoco había ventanas, aunque tenían rejas. A pesar de todo, en su aspecto dominaba mas la placidez que la opresión o el miedo. Todo era extraño, aunque no terrorífico. También por primera vez me di cuenta de que a pesar de que el suelo era duro, no de asfalto, ni de piedra, ni de ningún material reconocible, y yo llevaba calzado con suela dura, no se había producido ni el mas leve roce o ruido en mi caminar, que nunca paseo, por la calle, o por las calles, ya que en ese momento no sabía a ciencia cierta cual era la verdad.

Me empezó a invadir, mientras lo contemplaba -al edificio -, unas vagas ansias de buscar una salida, así como un leve impulso de ponerme a correr, tanto las unas como el otro fácilmente controlables. Decidí no moverme de ese lugar hasta que tuviera una razón valida para hacerlo, y observar mientras tanto lo que me rodeaba.

La luz no había variado su intensidad desde la primera impresión valida, y los edificios de ambos lados, así como los que cortaban la calle, proyectaban sombras hacia esta. A pesar de todo la calle no se hallaba en penumbra, ni siquiera en los lindes con los edificios, si no que su claridad era intensa, como una superposición de luz clara sobre luz sombría.

Al lado del ayuntamiento había una panadería, un edificio de, aproximadamente, un metro menos de alto que este, y al lado izquierdo un establo que tenía la misma altura que la panadería, aunque era algo mas ancho. El porqué de que yo supiera que estos edificios eran un establo y una panadería es algo que no sé, ni conocí ninguna actividad , señal o cartel que los identificaran como tales, pero tengo la absoluta certeza de que lo eran.


Ahora parado y en posición de observador, podía observar que el silencio no era absoluto, aunque nunca me pareció que lo fuese, si no que existía una suerte de vibración sonora en el ambiente que se podría definir como un silbido mas que como un chirrido.

Había, también, un vago olor a humedad, o, mas exactamente, a tierra mojada, aunque no había visto mas material que los que componían el suelo y las paredes de las construcciones, renuncio a llamarles casas, que a pesar de ser de piedra, estas parecían estar apiladas sin mas ligazón que su propio peso.

El tiempo, concepto sumamente extraño para aplicar a este lugar en el que no había variaciones aparente aparte de mis recorridos, era además de una dimensión física -las edificaciones parecían existir desde siempre, aunque no para siempre- inmensurable, no tanto por su, digamos, transcurso, como por su falta de entidad definida, una constante del paisaje, un elemento mas de la textura del paisaje. Te movías con el tiempo, viajabas en el tiempo, en una burbuja de instante que se desplazaba al mismo ritmo que tu.

Decidí entonces, ya que el tomar las calles laterales me conducía invariablemente al mismo lugar, hacer el recorrido en sentido inverso al que hasta ahora había seguido. Dejé a mis espaldas el edificio y me puse de nuevo a caminar. A pesar de que en ningún momento me había parecido que las calles describieran ningún tipo de curva, ni siquiera en ese mismo momento, volví a aparecer frente al edificio. No por alguno de sus lados, si no frente a él. Era el eterno retorno al mismo lugar, no importaba que camino se escogiese ni a donde se quisiera ir.

La sensación de inquietud dejó de ser vaga y fácilmente controlable, aunque tampoco era tan intensa que llegara a dominarme. Digamos que el cosquilleo se convirtió en un suave vértigo.


A pesar de que seguía sin sentirme amenazado, consideré oportuno salir de allí cuanto antes. No era una decisión dictada por ningún tipo de urgencia personal, era más parecida a la decisión que se toma un domingo por la tarde tirado en el sofá de levantarse y hacer algo. Sabía con certeza que hiciera lo que hiciese me encontraría siempre ante la edificación, pero tenía, al menos, que intentarlo.

Para que el intento tuviera alguna posibilidad era fundamental entender las ciudad, entender el como de las calles y, sobre todo, el hacia donde.

Mientras pensaba, de una forma inconsciente, me puse a caminar de nuevo, y no me dí cuente de ello hasta que alcé la mirada y no vi el edificio por ninguna parte. Como no sabía la cantidad de camino recorrido seguí hacia adelante, esperando encontrar de nuevo el edificio frente a mi. De repente todo mi ser se tensó, el corazón me dió un vuelco. No mucho más adelante de donde me encontraba se podía distinguir claramente una bifurcación o ensanche. Fuera lo que fuera era una perspectiva totalmente nueva, y por lo tanto, una perspectiva llena de esperanzas.

Volé mas que corrí hacia allí, y cuando llegué me dí cuenta de que de nuevo estaba ante la edificación, aunque esta vez había salido por la calle de la derecha, junto a la panadería. Intentar explicar como me sentía sería punto menos que imposible, como lo es enumerar todas las sensaciones contradictorias que me embargaron.

Por un momento temí haberme vuelto loco, ya que el torrente de emociones que se había desatado en mi interior al ver aquel punto ignoto de la ciudad, y su total frustración, habían afectado a mi mente, hasta tal punto que me parecía ver una sonrisa aviesa donde no había mas que una pared imperturbable.

Me sentí sumido en tal estado de postración que consideré que la única posibilidad, no se si de sobrevivir física y mentalmente, era aclarar mis ideas, dejar de deambular de forma arbitraria y conseguir trazar un plan, y  evitar nuevas frustraciones. Con tal fin me senté y me di cuenta, por primera vez, de que me hallaba al borde de la extenuación. Por muy poco que fuera el desgaste físico -cosa imposible de evaluar-, el desgaste mental era insoportable. Me dejé caer sobre un costado y me dormí prácticamente al instante. Y soñé, soñé con todo aquello que no podía alcanzar en ese momento y que yo creía que me había sido arrebatado, espacios abiertos, lugares irrepetibles.

No sentí ninguna sensación extraña en el momento de despertarme. Fué un despertar lento y suave, como el despertar en la playa, en el que todo se acerca lentamente, en el que el sueño se acaba antes de abrir los ojos, y te recreas en la luz que atraviesa los párpados cerrados. Tal vez mi mente esperara encontrar el mundo cotidiano cuando se abrieran los ojos, que todo hubiera sido un sueño. No fué así y lo primero que enfocaron mis ojos fué la omnipresente edificación. Lo que también aprecié fue un cambio, sutil, pero un cambio. Mas allá de sus paredes se apreciaba movimiento. Quizás no fuese exactamente movimiento, si no una variación en el sonido ambiental. Era algo muy sutil y lento, pero era algo al fin y al cabo. Desde mi posición, todavía sentada, vi por primera vez que la construcción estaba rematada por un adorno, como el de la mayoría de los edificios con su función, en el que se incrustaba un reloj que marcaba una hora cualquiera y totalmente carente de sentido.

Algo llamó entonces mi atención que se desvió inmediatamente hacia el lugar donde me había parecido apreciar la variación. A pesar de que a simple vista no conseguía distinguir nada en aquel lugar, mis ojos siguieron fijos, intentando captar de nuevo ese algo que se negaba a impresionar mi retina.

Después de transcurrido algún tiempo, sigo usando la palabra tiempo como acomodo para poder explicarme, descubrí algo similar a un vago contorno, de casi el mismo color que la penumbra que se formaba en el limite entre los edificios y la calle.

Me levanté lentamente, con esa mesura en movimientos del cazador al acecho de su presa para evitar espantarla, y vi como, con la misma velocidad de mi movimiento, el contorno se desplegaba. Me acerqué, lentamente al principio, mas deprisa según transcurría el movimiento hasta acabar en una carrera desenfrenada. En ningún momento conseguí que la distancia que me separaba del contorno se redujera en lo mas mínimo. Cuando, jadeante y exhausto, cejé en la persecución, en el mismo exacto instante y con la misma desaceleración en sus movimientos, él también se detuvo.

Creo que fué entonces cuando desde lo mas profundo de mi interior, como una necesidad y una liberación, surgió la risa. Una risa compulsiva y nerviosa, al borde del histerismo. Hacía muchos años, desde que era pequeño, que no había perseguido mi sombra, y ni siquiera aún entonces, con ese ansía que había desplegado en la carrera en su pos. Solo las circunstancias, esa angustia que se estaba apoderando de mi, justificaban la vuelta a uno de los juegos mas infantiles. Cuando niño descubres el mundo, y yo me estaba enfrentando al descubrimiento de una realidad extraña a la mía cotidiana. Me quedaba la tranquilidad de pensar que si este mundo tenía sombras era real. Pero, era mía la sombra? Que foco de luz existía para provocar mi sombra en aquel ángulo? Por que mi sombra no surgía de mi figura , si no algo mas allá? Por que mi sombra era mas pequeña que yo, cuando debía de ser alargada? Acaso los valores físicos eran distintos en esta realidad? Las preguntas se agolpaban de repente en mi cabeza, y cada pregunta generaba a su vez mas preguntas, sin que, de momento, se me ocurriera ninguna respuesta.

Para aliviar la tensión, me volví y comencé a caminar dando la espalda a la edificación. Ya no le daba realmente importancia a la dirección que pudiera seguir en mi deambular, el destino estaba, como las cartas con trampa, marcado. Incluso, me volví para comentarlo con mi sombra, reconociéndola como única compañera y destinataria de las primeras palabras dichas en voz alta desde que llegué.

Según me volvía mientras hablaba me dí cuenta de que mi sombra no me había seguido. Enmudecí. Estaba mas lejos. Parecía no haberse desplazado desde el momento en que yo me había puesto a caminar. Pero eso no era todo. Mi sombra parecía haber abandonado el mundo de las sombras y semejaba tener un relieve, difuso, del que toda sombra carece.

Tampoco esta vez enloquecí. No grité, no corrí ni me desplomé.

Lo pensé mucho antes de decidirme a dar la vuelta y caminar hacia ello, fuese lo que fuese. Estaba convencido, después de la experiencia anterior, de que en el momento en que intentase acercarme aquello se movería también.

Di un paso largo y lento. No se movió. Y después otro y otro más, y tampoco se movió. Cada vez con mayor resolución, e intentando aparentar una calma y normalidad que me eran ajenas, caminé hacia ello, acercándome a ello sin que se moviera, y cuando llegué a la altura del lugar en el que me había dado la vuelta, empezó a moverse de nuevo. Me paré inmediatamente y me tiré al suelo. Tal vez pensaba que al tirarme al suelo demostraba mi deseo de no invadirlo, de transgredir sus normas, si las tenía. Vi como aquello se plegaba al tiempo que yo me acercaba al suelo. Aguardé unos instantes sin que pudiera apreciar ningún movimiento. Intenté, con la mayor suavidad posible, acercarme reptando. Se movió. Me senté. Me senté y lloré con desesperación.

Cuando al fin conseguí tranquilizarme, solo un poco, se habían producido nuevos cambios en aquello, la sombra había adquirido volumen, aparentaba una consistencia que antes no le había apreciado, parecía seguir una evolución semejante a la de las edificaciones, pero mas rápida, menos sutil.

Parecía un habito, burdo, marrón, de monje medieval. Lo que debía de ser una capucha se asentaba sobre una gran cantidad de pliegues. En realidad solo los pliegues parecían ser el sostén de la capucha a una cierta altura del suelo. Eran tantos que en realidad parecían las dobleces que se realizan para guardar un ropón, como si no tuvieran nada en su interior. Solo la capucha parecía tener un cierto hálito de vida, una independencia respecto al resto del ropaje.

Me levanté de nuevo. El habito se desplegó. Medía algo más de un metro de alto y parecía suspendido de una cuerda, como una marioneta, pero el marionetista no conseguía desplegar totalmente la figura y el habito seguía amontonándose en pliegues sobre el suelo. La capucha se lanzaba hacia el frente haciendo imposible distinguir ningún tipo de rasgo. En realidad parecía una capucha que cubriera a un ser invisible. Todo era sombra. Tampoco se apreciaban manos, pies, ni ningún tipo de parte del ser, salvo que el habito fuera el ser.

Y de nuevo intenté alcanzarlo. Lentamente ahora. Como en un combate de luchas primitivas yo giraba a su alrededor intentando al tiempo mantener la distancia y comprobar si al dar un paso hacia el se alejaba. El permanecía absolutamente inmóvil. Solo cuando yo intentaba avanzar me parecía apreciar una suerte de vibración que me llevaba a retroceder inmediatamente. No llegaba a ser un movimiento. Ni siquiera giraba la capucha, pero yo me encontraba siempre frente a ella.
Ni siquiera llegué a pensarlo. Dí un alarido, corrí hacia él y salté. Él no saltó. No imitó ni mi carrera ni mi vuelo. Pareció quedarse clavado en su lugar, demasiado confundido por mi reacción para reaccionar él a su vez. Mis manos hicieron presa en hábito, aprecié su tacto burdo y fofo, como abrazar un cojín hinchable pinchado. Según iba volando hacía el me dí cuenta de que no había intentado ningún tipo de comunicación. No le había dirigido ninguna palabra ni gesto. No había requerido de él ningún tipo de información o explicación. Por que? Por que una persona que se considera pacifica había actuado de una forma tan amenazante? Que pensaría aquel ser de mí?

Solo encontré entre mis manos aquella tela burda y rasposa. Lo que fuera que había estado dentro se había desplazado hacia un lado. No era tanto una figura como algo que ocupaba espacio. Y mantenía la misma distancia que al principio. Si tuviera algún instrumento de medición seguramente podría comprobar que era, siempre, la misma exacta distancia.

Después se dió la vuelta y comenzó a desplazarse, cada vez mas rápidamente, por el camino inverso a cuando yo era el perseguidor, y cuanto mas rápidamente se movía mas familiarmente humano me parecía su contorno.

Lo sabía. Era lógico, lo esperaba. Una vez mas apareció ante mi la omnipresente edificación. Ante mi, superpuestos los dos misterios que amenazaban con quebrar mi razón.

La figura se abalanzó, sin disminuir lo mas mínimo su velocidad, contra la extraña cortina de pintura que hacía las veces de puerta, y a pesar de que la traspasó ante mis ojos a mi me seguía pareciendo igual de impenetrable, me seguía pareciendo una puerta pintada sobre un muro, una sonrisa sin boca.

No desistí por ello en mi persecución, ni por ello disminuí mi velocidad, tal vez ese fuera el secreto de su penetrabilidad. De repente me di cuenta de que iba a chocar, de que mi realidad física no podía traspasar aquella falacia. No pude ni siquiera intentar pararme, mi resolución anterior me había llevado a un punto sin retorno. Cerré los ojos, estiré los brazos, preparé mi cuerpo y mi mente par el dolor, y me precipité contra ella.
Me invadió la sensación de vacío. Un vacío intemporal e insustancial. El frío de la nada. El vértigo del espacio abierto me envolvía, no como entidad física, no parecía tener cuerpo, si no como consciencia en movimiento. Me pareció que había atravesado el Universo entero en un instante, y cuando la caída parecía infinita, en espacio que no en tiempo, se produjo la sensación física del choque.

Caí, desde una cierta altura, rodando, con los ojos firmemente apretados. La luz atravesaba, a pesar de todo, los párpados. Cuando al fin me decidí a abrir los ojos comprobé que esa luz, tremendamente brillante, confería un aspecto plano a todo cuanto tocaba. Incluso a la edificación que, naturalmente, se encontraba ante mi.