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domingo, 18 de octubre de 2015

El Cuaderno de las Musas

Enrique siempre quiso ser escritor, desde su más tierna infancia, desde que la memoria, la suya y la de su madre, alcanzaban, pero siempre se encontró con la frustración de que su sueño no pasaba de eso, de sueño. Nunca había conseguido interesar a nadie con sus escritos, nunca había visto plasmados sus esfuerzos de horas y horas, de líneas y líneas, de cuadernos y útiles de escritura agotados en una permanente lucha con las musas, plasmados en algún medio escrito ajeno a su entorno hogareño.
Enrique siempre había sido un proyecto de escritor sin pasar de su fase potencial. Era habitual verlo por la papelería cercana a su casa comprando nuevos cuadernos, nuevos bolígrafos, nuevos lápices correctores para acometer los nuevos proyectos. Cientos y cientos de cuadernos se acumulaban en las estanterías de su habitación, en cajas llenas de polvo en el trastero que sistemáticamente veían su número acrecentado por nuevas aportaciones que el furor pseudo creativo de Enrique producía.
Siempre tuvo la opinión de que cada proyecto, cada novela, cada grupo de cuentos necesitaban de un soporte nuevo, inmaculado, que le permitiría retomar el libro cuando lo interrumpiera y preservaría su idea inicial sin contaminarse con otros ya empezados. “Libro nuevo, cuaderno en blanco”, solía decir Enrique cuando alguien le preguntaba. Pero fuera por lo que fuera, por falta de inspiración, por desidia o por disconformidad, rara vez retomaba alguno de los proyectos empezados. Y si rara vez los retomaba nunca, nunca, jamás, había conseguido dar ninguno por finalizado.
Bueno, eso no es del todo cierto. Algún cuaderno lleno de palabras agrupadas en estructuras poéticas si había recibido la calificación de terminado y había emprendido un largo e infructuoso peregrinar por despachos de editoriales, agentes literarios y escritores famosos accesibles. Pero esos cuadernos inevitablemente volvían a su dueño acompañados de palabras concisas y estudiadas, o en algún caso sin palabras, que conformaban una declaración de falta de interés por parte del remitente que Enrique acogía sin desánimo, siempre considerando que cuando fuera famoso aquellos que ahora rechazaban su obra vendrían a suplicarle unas páginas para sus editoriales.
Ese era el mundo, el día a día, de Enrique. Nunca necesitó trabajar. Nunca se planteó que en su vida cupiera otra dedicación que la que su vocación literaria le proporcionaba. Solo dejaba de lado sus cuadernos para cubrir sus necesidades vitales y ciudadanas o para atender a su formación. Acudía puntualmente a cuantas tertulias podía acceder, a la mayoría como invitado de piedra o incluso bulto sospechoso. Era asiduo de talleres literarios, lecturas y presentaciones y en su biblioteca ajena, la menos poblada, no faltaba ni un libro, ni una revista, que se publicara sobre literatura en general y sobre técnicas de escritura en particular.
Enrique era un apasionado de, desde, en, entre, hacia, hasta, para, por, según, sin, sobre, sobre, tras, la literatura hasta la obsesión. De la literatura sin duda. Desde la literatura pretendía alcanzar la fama. En la literatura estaba su razón de vivir. Entre los literatos estaba su sitito. Hacia el olimpo literario discurría su camino. Hasta que no lo consiguiera seguiría trabajando. Para lograr un objetivo hay que luchar y el suyo era escribir una obra maestra que aclamarían los tiempos. Por lograrlo estaba dispuesto a vender su alma. Según pasaba el tiempo Enrique veía claro que se acercaba su momento de gloria literaria. Sin desánimo, sin desmayo, sin faltar un solo día,  acometía sus obligaciones laborales. So pena de parecer fatuo su calidad como escritor era mayor cada día que pasaba, pensaba. Sobre su éxito final no cabía duda alguna. Tras los pasos de los grandes clásicos estaba enfocada su carrera.
Si, hasta la obsesión. Enrique era un escritor compulsivo. Cuando se enfrentaba a su quehacer diario, antes de escribir la primera página, la primera letra, revisaba mentalmente las técnicas, los consejos, repasaba por última vez algunos subrallados que a él le parecían fundamentales y con toda esa carga de sabiduría ajena se aplicaba a la tarea. Cada frase, cada palabra, era releída una y cien veces, releída, y reescrita, de tal forma que cada frase acababa convirtiéndose en un objetivo en sí misma, en una obra colosal e independiente que nunca conseguía enlazar con la anterior ni preparar el camino para la siguiente.
Ese era el resultado final de los escritos de Enrique, una secuencia de frases que nunca conseguían transmitir un mensaje, un sentimiento, una historia. Un compendio ortopédico de palabras sin otro fin que el de figurar juntas para rellenar una página de un cuaderno y ser leídas, releídas, escritas y reescritas por la obsesión de Enrique.
Había ya entrado  nuestro ínclito personaje en su quinta década de vida cuando visitó una vez más la pequeña librería de viejo que se encontraba un par de portales más allá  del suyo y de la que era asiduo visitante. Desde que recordaba allí estaban la vieja librería y su no menos anciano propietario. Siempre amable, siempre solícito, el librero estaba atento a cualquier libro que cayera en sus manos y que supiera del interés de su cliente. En cuanto entraba por la puerta el viejo le sonreía y le señalaba un grupo de libros amontonado en un extremo del mostrador para que los examinara y decidiera si eran de su interés, cosa que indefectiblemente sucedía.
El caso es que, como ya apuntábamos, Enrique visitó una vez más la vieja librería de viejo y se dirigió a su montón de libros como tantas veces. Y, como tantas veces, comprobó que eran de su interés y que no había, como siempre sucedía, ninguno que ya estuviera en sus estanterías.
Pero esta vez, entre los libros, había un cuaderno. Un cuaderno especial, encuadernado lujosamente, de páginas inmaculadas que produjeron en Enrique un inmediato, un repentino, un furioso efecto creativo.
-          ¿Y este cuaderno?
-          No lo sé. Vino entre los libros de una biblioteca particular que adquirí el otro día
-          Parece que nunca se haya usado
-          Por eso te lo aparté con los libros. Ya sé que te gusta usar cuadernos nuevos para tus escritos y este me pareció que se podría ajustar a tus exigencias
-          Es realmente bonito y digno de contener una obra maestra
-          Bueno, pues quédatelo. Este te lo regalo yo. No en vano eres uno de mis clientes más fieles.

Enrique salió de la vieja librería con su carga de libros y con la sensación, con la ansiedad, de que tenía que ponerse de inmediato a escribir en aquel cuaderno. Que aquel cuaderno había llegado a sus manos porque había llegado su hora. Su hora de escribir la obra maestra que sería el pasmo del mundo literario que hasta entonces tan injustamente lo había esquivado. De la fama, del reconocimiento, de los premios y homenajes.
Tal era su necesidad que olvidó, por primera vez en su vida, ir a la papelería, ir a una tertulia y una presentación de un libro de un importante colega en el Ateneo. Enrique volvió sobre sus pasos, entró en su casa, abandonó en una mesa los libros adquiridos y, con el cuaderno en las manos, se dirigió a su mesa de escribir. Retiró de ella el cuaderno en el que había estado trabajando, cogió el bolígrafo, no uno nuevo como era habitual, si no el que tenía a mano, y sin pensar, sin encomendarse a dios ni al diablo, empezó a escribir como no había hecho en su vida, poniendo el alma en cada palabra, sin tiempo de releer, sin tocar el lápiz corrector. Pasaron horas, pasaron días, semanas e incluso algún mes, sin que Enrique levantara la cabeza del cuaderno más que para atender a las necesidades básicas de su cuerpo. Alguna vez se detenía brevemente para repasar alguna frase, algún pasaje, y entonces entendía claramente, con rigor, el por qué lo escrito hasta por él entonces nunca había despertado el interés de nadie. Y ese reconocimiento, esa sensación de que ahora sí, lo sumía de nuevo en el éxtasis narrativo.
Pasó, como ya dijimos, algún mes antes de que Enrique, para su pasmo y deleite, se diera cuenta de que coincidiendo con la última página del cuaderno había concluido su obra. Por primera vez una obra suya se había acabado. Y se había acabado sin abandonos, sin correcciones, sin consultas técnicas y sin interrupciones. Emocionado, y seguro de su calidad, se vistió y con su recién acabada creación se dirigió a la librería de viejo porque consideró que era justo que el viejo librero cuyo regalo había servido de soporte para el dichoso parto fuera el primero en saberlo, y si lo deseaba, en leer la narración.
Con consternación, con una pena indefinible, Enrique se encontró la librería cerrada con un cartelito escueto, escrito a mano: “Por defunción”.
Con el alma encogida pero con la dicha intacta subió de nuevo las escaleras de su casa y cogió la lista inacabable de editores y agentes para seleccionar aquel que recibiría inopinadamente la obra más importante que hubiera leído en su vida. Seleccionó finalmente uno, uno de los más importantes y sacó de uno de los cajones un sobre de los de gran formato que utilizaba para sus envíos. Metió con mimo el cuaderno en el sobre y a continuación, con delectación, con un entusiasmo infantil, empezó a imaginar su discurso recogiendo el Nobel que tan merecido tenía al tiempo que empezaba a escribir la dirección del afortunado editor
Algunos días más tarde los familiares más cercanos de Enrique, preocupados por la falta de noticias, accedieron a su piso y los encontraron sentado en su mesa de escritorio, sonriente, como en éxtasis y muerto. Junto a sus manos un sobre en el que figuraban las primeras letras de un nombre y que contenía un cuaderno primorosa, lujosamente encuadernado, en blanco. Ninguna de sus muchas páginas tenía ni la más mínima mancha, ni el más nimio carácter, ni la más leve sombra de uso.

-¿Y este cuaderno? – Le preguntó Antonio al viejo librero de viejo que desde hacía tantos años frecuentaba.
-No lo sé. Vino entre los libros de una biblioteca particular que adquirí el otro día
-Parece que nunca se haya usado.


Antonio sintió ante el cuaderno en blanco el halito de la fama, del triunfo que lo llamaba.

lunes, 10 de septiembre de 2012

El Decimo Día (01-2007)


No todo está contado. En el Génesis no se cuenta, y la ciencia aún ni siquiera consigue vislumbrar, que la Creación tiene más de siete días.

Es casi evidente. Pero también era evidente que la Tierra no era el centro del universo y nos costó unos cuantos años, y unos cuantos muertos, caer en ello.

Así que efectivamente al séptimo día Dios descansó, pero dado que no es perezoso, en el octavo día Dios contempló lo que había creado y se dijo : “Insuficiente para toda la eternidad”. Así que ese mismo día fabricó un aparato parecido al de las pompas de jabón de los niños y al noveno día lo usó para crear multitud de Universos semejantes al primero y según iban saliendo unos explotaban y otros persistían y Dios disfrutaba viéndolos expandirse y alejarse mientras brotaban otros nuevos. Y según parece en ello está aún en estos momentos y Dios quiera que por mucho tiempo todavía, ya sabéis lo que hacen los niños con las pompas cuando se cansan de verlas volar.

“Y al décimo día Dios jugó con los Universos que había creado”

Dios nos libre.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Arte Digital (03-2009)

A mediados de la segunda década del siglo XXI la tendencia creciente a la creación virtual del arte llevó a la práctica extinción de los creadores humanos como tales. Actores, músicos, pintores, escritores, arquitectos… todos los creadores vieron suplantada la chispa de la creación individual por la sistemática búsqueda de la razón matemática de la novedad que podía llevar a cabo cualquier ordenador convenientemente programado.

Si bien este furor no duró más de veinte años, es verdad que llevó a la práctica extinción de los actores y los músicos, es decir de todos aquellos cuyo arte era la recreación, ya que los programas fueron especialmente excepcionales en esos aspectos. Crear un actor virtual, o un músico, estaba al alcance de cualquier empresa de efectos especiales e interpretaban con absoluta fidelidad aquello que inicialmente el director, y posteriormente el productor o promotor, deseaban.

Esta situación pasó por dos periodos diferentes:
En el año 2012 nace la primera productora íntegramente digital dedicada al cine. Digitals Stars, presenta a sus mil doscientos actores virtuales que serán protagonistas, secundarios y figurantes de todas sus producciones. Hay actores con todas las características físicas y raciales más destacables y permiten en los momentos necesarios crear híbridos que se acomoden perfectamente a una situación interpretativa particular. Su primera producción, una versión de una conocida película de los años 80 del siglo XX, arrasa en las taquillas y es tal el éxito comercial, y económico ya que los actores virtuales no cobran,  que inmediatamente surgen nuevas productoras. Al cabo de tres años las películas convencionales no tiene cabida en el circuito comercial. Solo el teatro mantiene a un reducido elenco de actores en activo. Solo el teatro y solo en ciertas ciudades de ciertos países. El perfeccionamiento de la proyección holográfica y las técnicas de sonido van arrinconando todas las posibilidades.

Si bien el negocio funciona perfectamente a nivel económico los estudiosos del mercado empiezan a apreciar una crítica creciente en cuanto a la monotonía de la capacidad interpretativa de estos actores individuales y, a nivel todavía experimental, empiezan a buscarse nuevas soluciones. Son especialmente reseñables la de Edgard P. Harrys que intenta que los actores virtuales sean réplicas perfeccionadas de actores reales y que acaba en un fracaso económico y la de Inhuman Artists que intenta inventar actores no humanos para representar obras típicamente humanas. Se da una nueva visión, extremadamente exótica, de las historias y se hace imposible la comparación con la capacidad interpretativa de los actores humanos. Tras unos éxitos iniciales pronto la gente le vuelve la espalda a la novedad.

Es el declive paralelo de la música, que debido al arrinconamiento de los músicos y  a la mayor interrelación creador-intérprete, y a una imposibilidad de controlar un mercado que tecnológicamente es cada vez más independiente de la comercialización tradicional se ve abocada a la practica desaparición de las grandes empresas musicales, el que encuentra la salida de la crisis aprovechando la situación profesional de los intérpretes y las nueva tecnologías.
Es el año 2019 y Digiman Songs Company digitaliza a todos los grandes intérpretes de la historia y ofrece una suma sustanciosa a todos aquellos contemporáneos que estén dispuestos a ceder sus derechos de imagen y autor vitalicios a cambio de una cantidad que de alguna forma garantiza una vida pasable y la posibilidad de promoción futura en función de la utilización de los archivos.

Cuando a finales de 2020 Digiman presenta su primer trabajo y las líneas maestras de su actuación algunos críticos se entregan a la euforia y el triunfalismo. “Nada, nadie a lo largo de la Historia ha podido concebir un proyecto creativo como el que hoy nos ha sido presentado. Digiman no solo es un nuevo capítulo en la historia del arte, Digiman es el comienzo del Arte”, llega a escribir un famoso crítico en una no menos famosa publicación diaria.

Las claves de Digiman:

  • No existe un artista tipo, todos los artistas son una mezcla de las distintas características de varios. Ejemplo: un violinista tendrá la tensión de arco del brazo de un individuo, la muñeca de otro, la mano derecha de un tercero y la mano izquierda de un cuarto, el oído de otro más y así características individuales de tantos intérpretes como sean necesarios hasta completar un violinista completo.
  • Cada cliente podrá configurar su propio intérprete o grupo y la música que desea escuchar.
  • En los conciertos y recitales estos artistas tendrán un aspecto físico holográfico normal pero sus características interpretativas variarán en cada evento.
  • Al final de una gira o serie de actuaciones se grabará un disco con dos versiones: una la grabación del mejor concierto, otra la grabación del mismo programa por la versión interpretativa que mejor haya resultado.
  • Digiman versionará, por su sistema y según su criterio, las composiciones novedosas de los artistas contratados por ella.
  • Ninguno de los artistas contratados podrá grabar, interpretar, versionar o participar en conciertos sin el permiso explícito de Digiman SC.


El éxito es clamoroso y las alabanzas se multiplican ante la capacidad de llevar las posibilidades de versiones hasta el infinito. Este mismo éxito lleva a la industria del cine inicialmente y finalmente a la del teatro a caer en las mismas redes.

En el año 2022 Digiman Songs se convierte en Digiman Arts & Artists e incorpora al sistema a todas las artes escénicas y al año siguiente las plásticas.

Año 2028. El Imperio Digiman oculta a duras penas la laxitud creativa y el adocenamiento evidente del espectador, por no hablar del desplome lento pero estrepitoso del componente económico. Digiman vive de los patrocinios y las colaboraciones, pero incluso estos capítulos empiezan a mermar.

En este ambiente decadente y anodino se produce lo que años más tarde se conoció como el caso Timo Slock o el síndrome de Aquello, o mal de Slock.

Timo Slock, de origen nórdico, músico sin grandes méritos en el capítulo interpretativo era sin embargo, y a pesar del desconocimiento público, autor de un par de composiciones de éxito de Digiman. Se le podría considerar como un funcionario acomodado y razonablemente feliz cuando se convirtió en el primer caso que llevaría al fin del digitalismo.

El 19 de noviembre del 2028 un empleado de Digiman recibe una llamada de un cliente solicitando la reparación de un soporte que se ha borrado inexplicablemente. Al intentar hacer un duplicado el empleado advierte que los archivos correspondientes a Timo Slock estaban vacíos. Existían los índices pero no accedían a ninguna información, ni en los originales ni en las múltiples copias de seguridad que la empresa había guardado previsoramente a lo largo de su historia.

Se decide digitalizar de nuevo al personaje cuando los técnicos se encuentran que hace dos días que Timo Slock ha entrado en estado catatónico sin que los médicos tengan ningún tipo de explicación.

Se ordena una revisión exhaustiva de los archivos y se comprueba que existen tres casos más idénticos, un actor y dos pintores. Por supuesto los datos de esta investigación y los de las posteriores fueron celosamente ocultados hasta que el número de casos hizo imposible la preservación del secreto.

En el año 2031 una alta instancia judicial ordena, como medida preventiva, la destrucción de los archivos de digitalización personal de Digiman y una moratoria de seis meses para el resto, sujeta a la evolución de los casos tras esta primera medida. El síndrome de Aquello o mal de Slock, así llamado porque jamás se ha encontrado una explicación médica o científica para lo acontecido, se detuvo. No hubo más casos que los cerca de setecientos que por entonces se habían constatado. Ninguno de los afectados se recuperó nunca. Los archivos sujetos a moratoria se salvaron, gracias a lo cual hoy en día aún podemos disfrutar de algunas de aquellas joyas de su momento. 

El comienzo del post-digitalismo ha llevado a un insospechado florecimiento de la creación y la interpretación, pero en medio de la euforia hemos olvidado, hemos enterrado en la parte más remota y oculta de nuestra memoria, que aunque Aquello no está activo en este momento no sabemos que podría desencadenarlo de nuevo. Yo reclamo desde esta tribuna los fondos y recursos, el interés social y científico, necesarios para descubrirlo y prevenirlo o extinguirlo definitivamente.

Madrid, 19 de noviembre del 2047