domingo, 9 de septiembre de 2012

La Ciudad (1974)


Y al instante siguiente estaba en la ciudad. Tal vez justo antes de sentir un vértigo, una caída, no se, tal vez algún tipo de sensación de traslado.

La primera percepción pertenece ya a mi estancia en el lugar. Está formada por casa con aspecto de decorado, sin una presencia demasiado real para mis sentidos. Me deslicé por la calle en que me encontraba, solitaria, siempre solitaria, en todo mi recorrido, hasta que llegué a un edificio encima de cuya puerta había un letrero que ponía  C A S A    C O N S I S T O R I A L. Era el único edificio no plano, la única construcción con visos de realidad que había encontrado hasta aquel momento. Fué entonces cuando me di cuenta de que a pesar de que la distancia recorrida en mi marcha, nunca paseo, no era pequeña no había encontrado , o mejor, no había visto ninguna bifurcación ni cruce que rompiera la continuidad del decorado.

A los lados del edificio que cortaba sin solución de continuidad la calle por la que me había movido hasta entonces, como una compensación, mas que como una necesidad u obligación, se abrían sendas calles en sentido perpendicular, aunque no estrictamente perpendicular a pesar de la carencia de perspectiva, al de la dirección de esta.

No hubo indecisión por elegir el camino a seguir, tomé de forma natural, como si me dirigiese a algún lugar concreto y perfectamente reconocido por mi, como si fuese un lugareño, la calle que salía a mano izquierda según se miraba al edificio de frente.

El aspecto de las construcciones había tomado ya un carácter de realidad, pudiendo afirmar que eran de piedra, aunque ahora la impresión era de oquedad, como si dentro de ellas no hubiera pisos ni paredes, si no simplemente vacío, sin atreverme a decir que fuera Nada, algo semejante al vacío que uno imagina en el espacio, y me percaté de que en ninguna de ellas había ventanas ni aberturas de ninguna clase, aunque tal vez si tuvieran puertas.


No recuerdo de forma excesivamente clara mi andadura por la calle. Pudieron se horas, tal vez segundos -el tiempo no tiene un sentido cronológico- lo que transcurrió hasta que me encontré de nuevo ante la edificación del cartel, que aunque estoy seguro de que era la misma, su sentido, el del cartel me pareció entonces mas el de Ayuntamiento que el de Casa Consistorial, de lo que deduzco que a pesar de que leía el cartel con fluidez, el lenguaje, la estructura o las letras, quizás todo el conjunto, no pertenecían a mi idioma natural, tal vez a ninguno conocido. Tal vez lo que entonces veía mas que letras fuera un ideograma.

El hecho es que tampoco esta vez, a pesar de haber recorrido en su totalidad la calle, recordara haber visto ninguna bifurcación, ningún cruce, hasta encontrarme de nuevo delante del edificio, me produjo una leve sensación de intranquilidad, por el momento pasajera.

Puesto de nuevo ante el dilema de elegir camino, dilema que en realidad no existió, cogí de forma natural el de la derecha.

Tampoco varió mucho en este nuevo recorrido el aspecto de las edificaciones, aunque si el de las sensaciones. Lo que hasta ese momento se había desarrollado como un periplo turístico por un pueblo desconocido, dio paso a una leve inquietud, aún no identificada como tal, que se asentaba en el estomago en forma de ligero cosquilleo.

No hubo desviaciones ni cruces en el camino y sin embargo, por tercera vez, me encontré frente al edificio de siempre, y que era mi único punto de referencia. Empecé a pensar que hubiera no solo varios edificios iguales, si no también caminos distribuidos de tal forma que fuera imposible todo punto distinguir a uno del otro, una especie de red incomprensible de caminos iguales y edificios iguales que llevaban al visitante a encontrarse siempre el lugares que aunque distintos eran iguales. pero en mi interior tenía la certeza de que me encontraba en una ciudad, rara, inquietante, y no en un laberinto.


Fué esta la primera vez en que me fijé un poco en él. Su pared encalada, en algún lugar de la fachada el letrero hecho de madera y con los caracteres en pintura roja. Sus puertas estaban abiertas, o para expresarlo mas correctamente, no tenía puertas, aunque si las tuviera no importaría si estaban abiertas o cerradas, no se podía pasar. No era una sensación mental si no física, como si el hueco de puerta no fuera mas que una plancha de pintura negra extendida con animo de confundir a quien llegara ante ella, y detrás, al otro lado de la imposibilidad, solo hubiera piedra maciza. Tampoco había ventanas, aunque tenían rejas. A pesar de todo, en su aspecto dominaba mas la placidez que la opresión o el miedo. Todo era extraño, aunque no terrorífico. También por primera vez me di cuenta de que a pesar de que el suelo era duro, no de asfalto, ni de piedra, ni de ningún material reconocible, y yo llevaba calzado con suela dura, no se había producido ni el mas leve roce o ruido en mi caminar, que nunca paseo, por la calle, o por las calles, ya que en ese momento no sabía a ciencia cierta cual era la verdad.

Me empezó a invadir, mientras lo contemplaba -al edificio -, unas vagas ansias de buscar una salida, así como un leve impulso de ponerme a correr, tanto las unas como el otro fácilmente controlables. Decidí no moverme de ese lugar hasta que tuviera una razón valida para hacerlo, y observar mientras tanto lo que me rodeaba.

La luz no había variado su intensidad desde la primera impresión valida, y los edificios de ambos lados, así como los que cortaban la calle, proyectaban sombras hacia esta. A pesar de todo la calle no se hallaba en penumbra, ni siquiera en los lindes con los edificios, si no que su claridad era intensa, como una superposición de luz clara sobre luz sombría.

Al lado del ayuntamiento había una panadería, un edificio de, aproximadamente, un metro menos de alto que este, y al lado izquierdo un establo que tenía la misma altura que la panadería, aunque era algo mas ancho. El porqué de que yo supiera que estos edificios eran un establo y una panadería es algo que no sé, ni conocí ninguna actividad , señal o cartel que los identificaran como tales, pero tengo la absoluta certeza de que lo eran.


Ahora parado y en posición de observador, podía observar que el silencio no era absoluto, aunque nunca me pareció que lo fuese, si no que existía una suerte de vibración sonora en el ambiente que se podría definir como un silbido mas que como un chirrido.

Había, también, un vago olor a humedad, o, mas exactamente, a tierra mojada, aunque no había visto mas material que los que componían el suelo y las paredes de las construcciones, renuncio a llamarles casas, que a pesar de ser de piedra, estas parecían estar apiladas sin mas ligazón que su propio peso.

El tiempo, concepto sumamente extraño para aplicar a este lugar en el que no había variaciones aparente aparte de mis recorridos, era además de una dimensión física -las edificaciones parecían existir desde siempre, aunque no para siempre- inmensurable, no tanto por su, digamos, transcurso, como por su falta de entidad definida, una constante del paisaje, un elemento mas de la textura del paisaje. Te movías con el tiempo, viajabas en el tiempo, en una burbuja de instante que se desplazaba al mismo ritmo que tu.

Decidí entonces, ya que el tomar las calles laterales me conducía invariablemente al mismo lugar, hacer el recorrido en sentido inverso al que hasta ahora había seguido. Dejé a mis espaldas el edificio y me puse de nuevo a caminar. A pesar de que en ningún momento me había parecido que las calles describieran ningún tipo de curva, ni siquiera en ese mismo momento, volví a aparecer frente al edificio. No por alguno de sus lados, si no frente a él. Era el eterno retorno al mismo lugar, no importaba que camino se escogiese ni a donde se quisiera ir.

La sensación de inquietud dejó de ser vaga y fácilmente controlable, aunque tampoco era tan intensa que llegara a dominarme. Digamos que el cosquilleo se convirtió en un suave vértigo.


A pesar de que seguía sin sentirme amenazado, consideré oportuno salir de allí cuanto antes. No era una decisión dictada por ningún tipo de urgencia personal, era más parecida a la decisión que se toma un domingo por la tarde tirado en el sofá de levantarse y hacer algo. Sabía con certeza que hiciera lo que hiciese me encontraría siempre ante la edificación, pero tenía, al menos, que intentarlo.

Para que el intento tuviera alguna posibilidad era fundamental entender las ciudad, entender el como de las calles y, sobre todo, el hacia donde.

Mientras pensaba, de una forma inconsciente, me puse a caminar de nuevo, y no me dí cuente de ello hasta que alcé la mirada y no vi el edificio por ninguna parte. Como no sabía la cantidad de camino recorrido seguí hacia adelante, esperando encontrar de nuevo el edificio frente a mi. De repente todo mi ser se tensó, el corazón me dió un vuelco. No mucho más adelante de donde me encontraba se podía distinguir claramente una bifurcación o ensanche. Fuera lo que fuera era una perspectiva totalmente nueva, y por lo tanto, una perspectiva llena de esperanzas.

Volé mas que corrí hacia allí, y cuando llegué me dí cuenta de que de nuevo estaba ante la edificación, aunque esta vez había salido por la calle de la derecha, junto a la panadería. Intentar explicar como me sentía sería punto menos que imposible, como lo es enumerar todas las sensaciones contradictorias que me embargaron.

Por un momento temí haberme vuelto loco, ya que el torrente de emociones que se había desatado en mi interior al ver aquel punto ignoto de la ciudad, y su total frustración, habían afectado a mi mente, hasta tal punto que me parecía ver una sonrisa aviesa donde no había mas que una pared imperturbable.

Me sentí sumido en tal estado de postración que consideré que la única posibilidad, no se si de sobrevivir física y mentalmente, era aclarar mis ideas, dejar de deambular de forma arbitraria y conseguir trazar un plan, y  evitar nuevas frustraciones. Con tal fin me senté y me di cuenta, por primera vez, de que me hallaba al borde de la extenuación. Por muy poco que fuera el desgaste físico -cosa imposible de evaluar-, el desgaste mental era insoportable. Me dejé caer sobre un costado y me dormí prácticamente al instante. Y soñé, soñé con todo aquello que no podía alcanzar en ese momento y que yo creía que me había sido arrebatado, espacios abiertos, lugares irrepetibles.

No sentí ninguna sensación extraña en el momento de despertarme. Fué un despertar lento y suave, como el despertar en la playa, en el que todo se acerca lentamente, en el que el sueño se acaba antes de abrir los ojos, y te recreas en la luz que atraviesa los párpados cerrados. Tal vez mi mente esperara encontrar el mundo cotidiano cuando se abrieran los ojos, que todo hubiera sido un sueño. No fué así y lo primero que enfocaron mis ojos fué la omnipresente edificación. Lo que también aprecié fue un cambio, sutil, pero un cambio. Mas allá de sus paredes se apreciaba movimiento. Quizás no fuese exactamente movimiento, si no una variación en el sonido ambiental. Era algo muy sutil y lento, pero era algo al fin y al cabo. Desde mi posición, todavía sentada, vi por primera vez que la construcción estaba rematada por un adorno, como el de la mayoría de los edificios con su función, en el que se incrustaba un reloj que marcaba una hora cualquiera y totalmente carente de sentido.

Algo llamó entonces mi atención que se desvió inmediatamente hacia el lugar donde me había parecido apreciar la variación. A pesar de que a simple vista no conseguía distinguir nada en aquel lugar, mis ojos siguieron fijos, intentando captar de nuevo ese algo que se negaba a impresionar mi retina.

Después de transcurrido algún tiempo, sigo usando la palabra tiempo como acomodo para poder explicarme, descubrí algo similar a un vago contorno, de casi el mismo color que la penumbra que se formaba en el limite entre los edificios y la calle.

Me levanté lentamente, con esa mesura en movimientos del cazador al acecho de su presa para evitar espantarla, y vi como, con la misma velocidad de mi movimiento, el contorno se desplegaba. Me acerqué, lentamente al principio, mas deprisa según transcurría el movimiento hasta acabar en una carrera desenfrenada. En ningún momento conseguí que la distancia que me separaba del contorno se redujera en lo mas mínimo. Cuando, jadeante y exhausto, cejé en la persecución, en el mismo exacto instante y con la misma desaceleración en sus movimientos, él también se detuvo.

Creo que fué entonces cuando desde lo mas profundo de mi interior, como una necesidad y una liberación, surgió la risa. Una risa compulsiva y nerviosa, al borde del histerismo. Hacía muchos años, desde que era pequeño, que no había perseguido mi sombra, y ni siquiera aún entonces, con ese ansía que había desplegado en la carrera en su pos. Solo las circunstancias, esa angustia que se estaba apoderando de mi, justificaban la vuelta a uno de los juegos mas infantiles. Cuando niño descubres el mundo, y yo me estaba enfrentando al descubrimiento de una realidad extraña a la mía cotidiana. Me quedaba la tranquilidad de pensar que si este mundo tenía sombras era real. Pero, era mía la sombra? Que foco de luz existía para provocar mi sombra en aquel ángulo? Por que mi sombra no surgía de mi figura , si no algo mas allá? Por que mi sombra era mas pequeña que yo, cuando debía de ser alargada? Acaso los valores físicos eran distintos en esta realidad? Las preguntas se agolpaban de repente en mi cabeza, y cada pregunta generaba a su vez mas preguntas, sin que, de momento, se me ocurriera ninguna respuesta.

Para aliviar la tensión, me volví y comencé a caminar dando la espalda a la edificación. Ya no le daba realmente importancia a la dirección que pudiera seguir en mi deambular, el destino estaba, como las cartas con trampa, marcado. Incluso, me volví para comentarlo con mi sombra, reconociéndola como única compañera y destinataria de las primeras palabras dichas en voz alta desde que llegué.

Según me volvía mientras hablaba me dí cuenta de que mi sombra no me había seguido. Enmudecí. Estaba mas lejos. Parecía no haberse desplazado desde el momento en que yo me había puesto a caminar. Pero eso no era todo. Mi sombra parecía haber abandonado el mundo de las sombras y semejaba tener un relieve, difuso, del que toda sombra carece.

Tampoco esta vez enloquecí. No grité, no corrí ni me desplomé.

Lo pensé mucho antes de decidirme a dar la vuelta y caminar hacia ello, fuese lo que fuese. Estaba convencido, después de la experiencia anterior, de que en el momento en que intentase acercarme aquello se movería también.

Di un paso largo y lento. No se movió. Y después otro y otro más, y tampoco se movió. Cada vez con mayor resolución, e intentando aparentar una calma y normalidad que me eran ajenas, caminé hacia ello, acercándome a ello sin que se moviera, y cuando llegué a la altura del lugar en el que me había dado la vuelta, empezó a moverse de nuevo. Me paré inmediatamente y me tiré al suelo. Tal vez pensaba que al tirarme al suelo demostraba mi deseo de no invadirlo, de transgredir sus normas, si las tenía. Vi como aquello se plegaba al tiempo que yo me acercaba al suelo. Aguardé unos instantes sin que pudiera apreciar ningún movimiento. Intenté, con la mayor suavidad posible, acercarme reptando. Se movió. Me senté. Me senté y lloré con desesperación.

Cuando al fin conseguí tranquilizarme, solo un poco, se habían producido nuevos cambios en aquello, la sombra había adquirido volumen, aparentaba una consistencia que antes no le había apreciado, parecía seguir una evolución semejante a la de las edificaciones, pero mas rápida, menos sutil.

Parecía un habito, burdo, marrón, de monje medieval. Lo que debía de ser una capucha se asentaba sobre una gran cantidad de pliegues. En realidad solo los pliegues parecían ser el sostén de la capucha a una cierta altura del suelo. Eran tantos que en realidad parecían las dobleces que se realizan para guardar un ropón, como si no tuvieran nada en su interior. Solo la capucha parecía tener un cierto hálito de vida, una independencia respecto al resto del ropaje.

Me levanté de nuevo. El habito se desplegó. Medía algo más de un metro de alto y parecía suspendido de una cuerda, como una marioneta, pero el marionetista no conseguía desplegar totalmente la figura y el habito seguía amontonándose en pliegues sobre el suelo. La capucha se lanzaba hacia el frente haciendo imposible distinguir ningún tipo de rasgo. En realidad parecía una capucha que cubriera a un ser invisible. Todo era sombra. Tampoco se apreciaban manos, pies, ni ningún tipo de parte del ser, salvo que el habito fuera el ser.

Y de nuevo intenté alcanzarlo. Lentamente ahora. Como en un combate de luchas primitivas yo giraba a su alrededor intentando al tiempo mantener la distancia y comprobar si al dar un paso hacia el se alejaba. El permanecía absolutamente inmóvil. Solo cuando yo intentaba avanzar me parecía apreciar una suerte de vibración que me llevaba a retroceder inmediatamente. No llegaba a ser un movimiento. Ni siquiera giraba la capucha, pero yo me encontraba siempre frente a ella.
Ni siquiera llegué a pensarlo. Dí un alarido, corrí hacia él y salté. Él no saltó. No imitó ni mi carrera ni mi vuelo. Pareció quedarse clavado en su lugar, demasiado confundido por mi reacción para reaccionar él a su vez. Mis manos hicieron presa en hábito, aprecié su tacto burdo y fofo, como abrazar un cojín hinchable pinchado. Según iba volando hacía el me dí cuenta de que no había intentado ningún tipo de comunicación. No le había dirigido ninguna palabra ni gesto. No había requerido de él ningún tipo de información o explicación. Por que? Por que una persona que se considera pacifica había actuado de una forma tan amenazante? Que pensaría aquel ser de mí?

Solo encontré entre mis manos aquella tela burda y rasposa. Lo que fuera que había estado dentro se había desplazado hacia un lado. No era tanto una figura como algo que ocupaba espacio. Y mantenía la misma distancia que al principio. Si tuviera algún instrumento de medición seguramente podría comprobar que era, siempre, la misma exacta distancia.

Después se dió la vuelta y comenzó a desplazarse, cada vez mas rápidamente, por el camino inverso a cuando yo era el perseguidor, y cuanto mas rápidamente se movía mas familiarmente humano me parecía su contorno.

Lo sabía. Era lógico, lo esperaba. Una vez mas apareció ante mi la omnipresente edificación. Ante mi, superpuestos los dos misterios que amenazaban con quebrar mi razón.

La figura se abalanzó, sin disminuir lo mas mínimo su velocidad, contra la extraña cortina de pintura que hacía las veces de puerta, y a pesar de que la traspasó ante mis ojos a mi me seguía pareciendo igual de impenetrable, me seguía pareciendo una puerta pintada sobre un muro, una sonrisa sin boca.

No desistí por ello en mi persecución, ni por ello disminuí mi velocidad, tal vez ese fuera el secreto de su penetrabilidad. De repente me di cuenta de que iba a chocar, de que mi realidad física no podía traspasar aquella falacia. No pude ni siquiera intentar pararme, mi resolución anterior me había llevado a un punto sin retorno. Cerré los ojos, estiré los brazos, preparé mi cuerpo y mi mente par el dolor, y me precipité contra ella.
Me invadió la sensación de vacío. Un vacío intemporal e insustancial. El frío de la nada. El vértigo del espacio abierto me envolvía, no como entidad física, no parecía tener cuerpo, si no como consciencia en movimiento. Me pareció que había atravesado el Universo entero en un instante, y cuando la caída parecía infinita, en espacio que no en tiempo, se produjo la sensación física del choque.

Caí, desde una cierta altura, rodando, con los ojos firmemente apretados. La luz atravesaba, a pesar de todo, los párpados. Cuando al fin me decidí a abrir los ojos comprobé que esa luz, tremendamente brillante, confería un aspecto plano a todo cuanto tocaba. Incluso a la edificación que, naturalmente, se encontraba ante mi.

El Carnaval de las Aguas (08-2001)



Los días de agosto se suelen caracterizar en Madrid por el calor y la posibilidad de realizar ciertas actividades sin necesidad de sumergirse en un maremagnun de semejantes con la misma idea dispuestos a aguantar interminables colas para acceder a sus aspiraciones.

Eran ,mas o menos, las once de la mañana cuando llegué al estanque del Retiro, y al ver el agua calma,, la poca gente que se guarecía  a la sombra de los árboles, y el escaso número de barcas que intentaban darse un aire marinero tripuladas por intrépidos padres marineros de familia, o novios dispuestos a asombrar con su pericia remera, decidí embarcarme en la aventura de buscar una sombra a la orilla y dormitar durante una hora con la sensación refrescante del agua al alcance de la mano.

Así estaba. Tumbado en el banco corrido de la parte trasera de la barca, sin camisa, los pies puestos en el banco central, la cabeza echada hacia atrás y la mano derecha sumergida en el agua. Ya llevaba un rato en el que notaba pequeños pellizcos en las puntas de los dedos y con gran pereza entreabrí los ojos y contemplé como las carpas, pequeñas, y los ciprinos se arremolinaban alrededor de mi mano y me daban pequeños chupetones. En un momento en que vi acercarse una carpa de un tamaño un poco mayor, removí perezosamente la mano y el intruso se alejó. Volví a trasponerme.

Un chapoteo cercano me devolvió a la consciencia. Otra barca se acercaba a la mía. Con lo grande que es el estanque aquel patoso tenía que venir justo a donde yo estaba.

Fue inevitable que me fijara en el personaje. Mayor, mas de setenta, la cara surcada de arrugas y una barba a medio afeitar, blanca, irregular. Una pipa le colgaba del lado derecho de la boca. Vestía una camisa blanca de franela, le faltaba un botón, iba a medio remeter en unos pantalones de paño oscuro con brillos producidos por el uso reiterado y algún vestigio de salitre cerca de las costuras, que caían con desgana por las piernas del personaje hasta integrarse en unas clásicas botas de agua. Remaba de pie sobre el bote y de cara al sentido del desplazamiento, tal como lo hacen los marinos expertos.

Dado el entorno en el que se me presentaba me pareció una caricatura de marinero, un cruce entre Popeye y el capitán Ahab pescando su ballena blanca en una bañera. Sin moverme, esperé indolentemente la llegada de la visión hasta mi. Vino directamente, sin ningún titubeo.

-          ¿Sabes en que fecha se celebra el carnaval de las aguas?

Es difícil saber si llegué a mover algún músculo de mi cuerpo, no se siquiera si alguna neurona emitió alguna señal encaminada a responder a la pregunta.¿ Se podía responder algo?.

Sin perderme la cara ni los ojos durante un solo instante remó un par de golpes hacia atrás, alejándose de mí.

Cuando empezaba a pensar que se alejaría tal como había venido, rapidamente, se paró un momento, lanzó una risotada de cuento de taberna marinera y levantado la mano izquierda, ahora claramente rematada en una mano metálica, articulada, volvió a hablarme.

-          Pues fíate de los peces de colores.


Mi mano saltó, literalmente, del agua justo en el momento en que una carpa de tamaño desmesurado hacía chascar sus mandíbulas en el sitio en el que hacía un momento estaban mis dedos, una inmensa y triangular aleta parecía querer abrirse paso en el lomo del inocente pez y, estoy convencido, había una costura o cremallera en el costado de la carpa, justo junto a las agallas. Ahora yo también se en que fecha se celebra el carnaval de las aguas y no volveré a fiarme de los peces de colores, ni de los del acuario de mi tía.

Arte Digital (03-2009)

A mediados de la segunda década del siglo XXI la tendencia creciente a la creación virtual del arte llevó a la práctica extinción de los creadores humanos como tales. Actores, músicos, pintores, escritores, arquitectos… todos los creadores vieron suplantada la chispa de la creación individual por la sistemática búsqueda de la razón matemática de la novedad que podía llevar a cabo cualquier ordenador convenientemente programado.

Si bien este furor no duró más de veinte años, es verdad que llevó a la práctica extinción de los actores y los músicos, es decir de todos aquellos cuyo arte era la recreación, ya que los programas fueron especialmente excepcionales en esos aspectos. Crear un actor virtual, o un músico, estaba al alcance de cualquier empresa de efectos especiales e interpretaban con absoluta fidelidad aquello que inicialmente el director, y posteriormente el productor o promotor, deseaban.

Esta situación pasó por dos periodos diferentes:
En el año 2012 nace la primera productora íntegramente digital dedicada al cine. Digitals Stars, presenta a sus mil doscientos actores virtuales que serán protagonistas, secundarios y figurantes de todas sus producciones. Hay actores con todas las características físicas y raciales más destacables y permiten en los momentos necesarios crear híbridos que se acomoden perfectamente a una situación interpretativa particular. Su primera producción, una versión de una conocida película de los años 80 del siglo XX, arrasa en las taquillas y es tal el éxito comercial, y económico ya que los actores virtuales no cobran,  que inmediatamente surgen nuevas productoras. Al cabo de tres años las películas convencionales no tiene cabida en el circuito comercial. Solo el teatro mantiene a un reducido elenco de actores en activo. Solo el teatro y solo en ciertas ciudades de ciertos países. El perfeccionamiento de la proyección holográfica y las técnicas de sonido van arrinconando todas las posibilidades.

Si bien el negocio funciona perfectamente a nivel económico los estudiosos del mercado empiezan a apreciar una crítica creciente en cuanto a la monotonía de la capacidad interpretativa de estos actores individuales y, a nivel todavía experimental, empiezan a buscarse nuevas soluciones. Son especialmente reseñables la de Edgard P. Harrys que intenta que los actores virtuales sean réplicas perfeccionadas de actores reales y que acaba en un fracaso económico y la de Inhuman Artists que intenta inventar actores no humanos para representar obras típicamente humanas. Se da una nueva visión, extremadamente exótica, de las historias y se hace imposible la comparación con la capacidad interpretativa de los actores humanos. Tras unos éxitos iniciales pronto la gente le vuelve la espalda a la novedad.

Es el declive paralelo de la música, que debido al arrinconamiento de los músicos y  a la mayor interrelación creador-intérprete, y a una imposibilidad de controlar un mercado que tecnológicamente es cada vez más independiente de la comercialización tradicional se ve abocada a la practica desaparición de las grandes empresas musicales, el que encuentra la salida de la crisis aprovechando la situación profesional de los intérpretes y las nueva tecnologías.
Es el año 2019 y Digiman Songs Company digitaliza a todos los grandes intérpretes de la historia y ofrece una suma sustanciosa a todos aquellos contemporáneos que estén dispuestos a ceder sus derechos de imagen y autor vitalicios a cambio de una cantidad que de alguna forma garantiza una vida pasable y la posibilidad de promoción futura en función de la utilización de los archivos.

Cuando a finales de 2020 Digiman presenta su primer trabajo y las líneas maestras de su actuación algunos críticos se entregan a la euforia y el triunfalismo. “Nada, nadie a lo largo de la Historia ha podido concebir un proyecto creativo como el que hoy nos ha sido presentado. Digiman no solo es un nuevo capítulo en la historia del arte, Digiman es el comienzo del Arte”, llega a escribir un famoso crítico en una no menos famosa publicación diaria.

Las claves de Digiman:

  • No existe un artista tipo, todos los artistas son una mezcla de las distintas características de varios. Ejemplo: un violinista tendrá la tensión de arco del brazo de un individuo, la muñeca de otro, la mano derecha de un tercero y la mano izquierda de un cuarto, el oído de otro más y así características individuales de tantos intérpretes como sean necesarios hasta completar un violinista completo.
  • Cada cliente podrá configurar su propio intérprete o grupo y la música que desea escuchar.
  • En los conciertos y recitales estos artistas tendrán un aspecto físico holográfico normal pero sus características interpretativas variarán en cada evento.
  • Al final de una gira o serie de actuaciones se grabará un disco con dos versiones: una la grabación del mejor concierto, otra la grabación del mismo programa por la versión interpretativa que mejor haya resultado.
  • Digiman versionará, por su sistema y según su criterio, las composiciones novedosas de los artistas contratados por ella.
  • Ninguno de los artistas contratados podrá grabar, interpretar, versionar o participar en conciertos sin el permiso explícito de Digiman SC.


El éxito es clamoroso y las alabanzas se multiplican ante la capacidad de llevar las posibilidades de versiones hasta el infinito. Este mismo éxito lleva a la industria del cine inicialmente y finalmente a la del teatro a caer en las mismas redes.

En el año 2022 Digiman Songs se convierte en Digiman Arts & Artists e incorpora al sistema a todas las artes escénicas y al año siguiente las plásticas.

Año 2028. El Imperio Digiman oculta a duras penas la laxitud creativa y el adocenamiento evidente del espectador, por no hablar del desplome lento pero estrepitoso del componente económico. Digiman vive de los patrocinios y las colaboraciones, pero incluso estos capítulos empiezan a mermar.

En este ambiente decadente y anodino se produce lo que años más tarde se conoció como el caso Timo Slock o el síndrome de Aquello, o mal de Slock.

Timo Slock, de origen nórdico, músico sin grandes méritos en el capítulo interpretativo era sin embargo, y a pesar del desconocimiento público, autor de un par de composiciones de éxito de Digiman. Se le podría considerar como un funcionario acomodado y razonablemente feliz cuando se convirtió en el primer caso que llevaría al fin del digitalismo.

El 19 de noviembre del 2028 un empleado de Digiman recibe una llamada de un cliente solicitando la reparación de un soporte que se ha borrado inexplicablemente. Al intentar hacer un duplicado el empleado advierte que los archivos correspondientes a Timo Slock estaban vacíos. Existían los índices pero no accedían a ninguna información, ni en los originales ni en las múltiples copias de seguridad que la empresa había guardado previsoramente a lo largo de su historia.

Se decide digitalizar de nuevo al personaje cuando los técnicos se encuentran que hace dos días que Timo Slock ha entrado en estado catatónico sin que los médicos tengan ningún tipo de explicación.

Se ordena una revisión exhaustiva de los archivos y se comprueba que existen tres casos más idénticos, un actor y dos pintores. Por supuesto los datos de esta investigación y los de las posteriores fueron celosamente ocultados hasta que el número de casos hizo imposible la preservación del secreto.

En el año 2031 una alta instancia judicial ordena, como medida preventiva, la destrucción de los archivos de digitalización personal de Digiman y una moratoria de seis meses para el resto, sujeta a la evolución de los casos tras esta primera medida. El síndrome de Aquello o mal de Slock, así llamado porque jamás se ha encontrado una explicación médica o científica para lo acontecido, se detuvo. No hubo más casos que los cerca de setecientos que por entonces se habían constatado. Ninguno de los afectados se recuperó nunca. Los archivos sujetos a moratoria se salvaron, gracias a lo cual hoy en día aún podemos disfrutar de algunas de aquellas joyas de su momento. 

El comienzo del post-digitalismo ha llevado a un insospechado florecimiento de la creación y la interpretación, pero en medio de la euforia hemos olvidado, hemos enterrado en la parte más remota y oculta de nuestra memoria, que aunque Aquello no está activo en este momento no sabemos que podría desencadenarlo de nuevo. Yo reclamo desde esta tribuna los fondos y recursos, el interés social y científico, necesarios para descubrirlo y prevenirlo o extinguirlo definitivamente.

Madrid, 19 de noviembre del 2047 

Angel (06-2012)


Cuando Angel recogió los análisis y los leyó casi pudo recrear palabra por palabra la entrevista con el especialista. En realidad lo sabía antes de leerlos, lo sabía desde que se despertó unas tardes atrás en una cama de hospital rodeado de aparatos con números y dibujos, y de las caras de sus hijos que expresaban, cariño, responsabilidad y preocupación, y tal vez, tal vez fuera una maldad o tal vez no, una pizca de fastidiosa expectativa. 

Estaba en casa dividiendo cada segundo entre una película, la cena y el aburrimiento que cotidianamente llenaba su vida -esa vida que desde que hacía ya algunos años la falta de Lola había trastocado y vaciado de esos instantes que solo los solitarios saben valorar, los de las discusiones, los de las caricias al paso, los de soledad compartida, tan distinta de la soledad solitaria que ahora era la suya, estaban los hijos, claro, que venían a visitarte, pero esos eran momentos de soledad futura, la que sentías cuando se iban y que anticipabas ya cuando llegaban, bueno y los amigos, con los que a diario compartías los únicos ratos con contenido, una buena charla, una película, una partida, recuerdos de instantes ya pasados que revivían con todo su esplendor- cuando se le fundieron los plomos

A veces, por la mañana, en la primera mirada en el espejo, o incluso en el primer pensamiento consciente al despertarse Angel se preguntaba para que otro día, que ilusión podía llamarle a vivir con ansia, a bocados, con ganas de que llegue el siguiente día antes  de se acabe el que estamos viviendo. No había respuesta. Si, si que había respuesta pero la cobardía acumulada, el convencionalismo social no le permitía ni siquiera considerarla. No había nada en su vida actual que pudiera motivarlo. No había nada en su vida actual que pudiera llamarse vida. Sobrevivía porque la sociedad y sus reglas así lo habían dispuesto.

Angel, como tantos angeles que a su alrededor estaban en su misma situación, era reo de las costumbres y los convencionalismos, apegado a su cotidianeidad que justificaba con sus hijos y sus amigos, y con algún encuentro ocasional que dejaba más vacío del que llenaba.

Ahora por fín tenía un objetivo en la vida, desmentir la certeza que se desprendía de esos números y palabras,  persistir en esa no deseada vida que pretendía acabarse.