Hacía una eternidad que la última de las infinitudes se había contraído hasta desaparecer en si misma. Ni seres, ni soles, ni universos, nada existía desde hacía una eternidad.
Dios pensó durante otra breve eternidad que lo echaba de menos y empezó a trabajar la nada para que nacieran nuevas infinitudes en las que recrearse durante apenas un no instante de la eternidad. Si pudiera crear algo eterno… tal vez si se lo pidiera al Supremo, al Inalcanzable.
Fui mirando el mundo desde las distintas caras del poliedro y en cada una veía la historia de una forma diferente
viernes, 31 de mayo de 2013
domingo, 28 de octubre de 2012
Un Mal Sueño
Estaba sumido en un sueño profundo, malsano. Mi cuerpo
sudaba y notaba que las sábanas mojadas, adherentes, estaban enroscadas a mí,
apretando mi cuerpo, pero no era capaz de moverme para retirarlas. Tenía la
boca seca, maldita resaca. Me despertó un golpeteo rítmico cercano. Aún era
noche cerrada. Creí que era mi corazón pero el ruido era externo a mi cuerpo. Intenté
conciliar de nuevo el sueño pero el golpeteo aunque más amortiguado
continuaba. Intenté estirar el brazo
para encender la luz de la mesilla pero mi mano chocó con la pared
inmediatamente, no recordaba que la pared estuviera pegada a la cama. Pensé
intentando ubicarme donde me había acostado en la noche anterior. En mi cama.
Al estirar el otro brazo sucedió lo
mismo. Tampoco hacia arriba encontré espacio. Estaba encerrado y ya no oía
nada. Observé con cuidado. No respiraba. Tenía que despertarme. Tal vez si
conseguía moverme.
Me despertó un golpeteo rítmico, cercano. Aún era noche
cerrada. No respiraba. Tenía que moverme. Tenía que despertarme.
Me despertó un golpeteo rítmico, cercano. No respiraba.
Tenía que moverme. Tenía que despertarme.
No me movía. Tenía que despertarme.
.
Tenía que despertarme.
Que moverme y respirar.
Que respirar.
Que despertarme.
Despertarme.
sábado, 29 de septiembre de 2012
Caracol (01-1997)
Recuerdo, de cuando era pequeño, en casa de mi abuela, la vida que
transcurría en la calle, y por los patios. Asomarse a un balcón, prestar oídos
a una ventana, era encontrarse con el bullicio de la vida. Me parece ahora
mismo que hasta la terraza del sexto piso llegaban los aromas de la calle
recién regada, el rumor de las conversaciones de las mujeres comprando en las
tiendas de la calle, los requiebros y comentarios de los dependientes, las
risas jocosas que les respondían, la fragancia de mañana soleada de primavera,
a eso de las diez, y la voz cansina del chatarrero, casi un canto de reclamo,
una letanía ininteligible, monótona, con altibajos, y sin la que la mañana
sería de otra forma, como lo sería un parque sin el canto de los pájaros o las
voces de los niños.
Y cuando iba a la cocina, a desayunar, arrupárpagos y café de
niños, veía a mi abuela hablando con la vecina de enfrente, rumores de otras
conversaciones entre otras ventanas y el canto de las coplas de siempre, y las
del momento que cantaba sin recato, y para mayor gloria del vecindario, la
chica que servía dos pisos más abajo. Coplas que han quedado ineludiblemente
ligadas a mi infancia, como la sintonía del NO-DO. ¿Cómo concebir un desayuno
en silencio? Las ventanas estaban llenas de flores y el aire pleno de aromas y
de notas. La vida estaba viva.
Quizás no fuera primavera todo el tiempo, quizás mi memoria me
engaña con los recuerdos más selectos, pero el hálito de la vida está pleno en
esas secuencias de niñez. Ya sé que había invierno, colegios y castigos, pero
también había gente al anochecer en las puertas de las casas, lecherías con
leche de vaca, y bares llenos de gentes charlando unos con otros como si se
conocieran de toda la vida. Conociéndose de casi toda la vida. De una vida que
compartían en la calle, por los patios y en cualquier lugar que se encontraran.
Quizás deje arrinconada la memoria de la casa de mis padres, un bajo
interior que no daba a ningún patio de alegría, con vecinos de los que apenas
si se sabía el nombre y con los que se intercambiaba un saludo casi puramente
ritual, pero es que hasta que fui bastante mayor toda mi vida transcurría en la
casa y en el barrio de mi abuela. La casa de mis padres, al fin y al cabo, no
era una casa vecinal en el sentido que yo conocía, si no una casa socialmente
repartida entre ricos, que vivían en el exterior, y humildes, -sofisticado vocablo-, que habitábamos en el interior.
Entre propietarios estirados y amables, e inquilinos amables y ligeramente
huidizos con los iguales y amables y ligeramente ceremoniosos y considerados
con los exteriores. Tal vez por eso, porque todos los interiores teníamos el
ejemplo de las casas grandes y luminosas, con gran número de balcones al
exterior, porque no éramos todos iguales, ni nadie lo pretendía, era por lo que
aquella casa, y en realidad todo el barrio, no tenía la alegría, el palpito de
vida que yo recuerdo en el de mi abuela.
No recuerdo cuantos años tenía, ya talludito en todo caso, cuando
se vieron por primera vez unas ventanas cerradas, bueno, con los visillos
echados en el patio. Eran unos vecinos que acababan de llegar a la casa. Se
comentaba que eran un poquito raros, saludaban escuetamente, cuando se les
saludaba, y no aparecían por ninguno de los bares de alrededor. Se sabía cuál
era su nombre porque Doña Anita, la portera, se lo había preguntado al cartero.
Fueron pasando los años, con calma en principio, siempre inexorablemente,
e inexorablemente los vecinos fueron cambiando, e indefectiblemente las
ventanas se fueron cerrando, se fueron tapando con los visillos, tal vez en mi
imaginación, cada vez más tupidos, cada vez más parecidos a vendas que tapaban
de los ojos externos algún tipo de vergüenza inimaginable. Ya no había
tertulias en las ventanas, ni chachas que cantaran coplas que resonasen por el
patio. Una vez uno de los nuevos vecinos
protesto por el ruido, y sugirió que quien quisiera cantar que se fuese
al teatro. Lolita siguió cantando, pero ya no era con alegría, era más bien con
animadversión. Ya no cantaba para ella y para todos los demás, cantaba contra
el vecino, cantaba con fastidio, con inquina, y cada vez cantaba menos, víctima
de su propia tristeza.
Los bares se fueron cerrando, como las ventanas y como los
visillos, y en su lugar se fueron abriendo cafeterías y pubs, con cortinas
tupidas al exterior, y con una supuesta vocación de postín, que solían
desmentir los servicios. Los camareros cambiaron la chaquetilla arremangada y
el mostrador de zinc por la chaquetilla impoluta, la corbata y el mostrador de
madera. Los parroquianos consumían en círculos cerrados y parecían tan extraños
al local como lo eran al vecindario. Llegaban, pedían algo, y lo consumían,
solos o en compañía, aislados en su banqueta o en la mesa del rincón. Era
extraña la capacidad que tenían estos locales para que todas las mesas
pareciesen estar en un rincón.
También las calles
cambiaban, los maravillosos bulevares que permitían pasear por ellas casi como
si fuesen jardines, las magníficas calles para peatones en las que con la
llegada del buen tiempo florecían las terracillas de kioscos, de árboles bajo
los que pasear con el humor que el buen tiempo depositaba, aquellos en los que
yo podía jugar sin tener que buscar un parque como único y especifico lugar de
juegos, desaparecieron de la noche a la mañana, se convirtieron en parte de la
calzada para vehículos. La ciudad crecía, cada vez llegaba más gente de fuera,
los vehículos más asequibles gracias al progreso y a la bonanza económica, se
comían las calles de los peatones. Todos a motor. Ni siquiera en las calles del
barrio de mi abuela, en aquellas partes donde la gente se aglomeraba porque
había una tasca o una bodega, se veía ya tanta gente. La lechería se hizo
tienda de regalos y los coches, cada vez más, aparcados en batería no dejaban
sitio para que la gente se reuniese en las aceras.
Todo se transformaba en aras del progreso y la calidad de vida,
aunque yo personalmente creo que justamente eso era lo que se perdía. Asepsia
era el valor en alza, productos naturales y humanidad los valores en baja. La
irrupción de las televisiones en la vida familiar nos llevaba hacia la
tecnificación yanqui, la estandarización a cambio del humanismo.
Las cortinas se tupieron de tal forma que se convirtieron en estores,
vendas absolutamente opacas que en algunos casos, y en el colmo de la
sofisticación, llevaban dibujos de gran colorido, e incluso imitaciones de
paisajes exóticos o lejanos. Muchos vecinos ya no saludaban, ni siquiera en
respuesta al saludo ajeno, el asfalto florecía en pasos elevados y el espacio
peatonal se reducía de una forma continua e implacable. Uno podía encontrar
leche en polvo, condensada, concentrada, uperisada, esterilizada. Pero no leche
de vaca, ya no había nata. Ya, al pasear por el mercado, no se veía flotar la
mantequilla en cacharros con agua. Y los bizcochos, los queiques no tenían el
mismo sabor, aquella fragancia que le decía al paladar el secreto de la nata recién
recogida de la leche en el fuego, aquel toque remoto de pegado.
Y los bares. Ya no se llevaban tampoco los pubs, las cafeterías
habían envejecido y habían revertido sus insinuaciones de postín, sus oropeles
de baratillo, en una decoración que, al envejecer, descubría entre sus grietas
todo el fulgor cutre que realmente encerraba. Los dorados, desconchados,
traslucían el yeso resquebrajado, los espejos, el corcho que los respaldaba...
Ahora los bares de copas, al más puro estilo de las películas americanas, eran
el lugar de reunión nocturno. Bares fríos, con una decoración ausente y una
invariable vocación de provisionalidad. A pesar de la carencia de ruedas, sus
propietarios, sus clientes, sus barras y especialidades, sus camareros, se
trasladaban de una zona de moda a otra según se imponía en cada momento. La
ciudad, la calle se deshumanizaba por oleadas, solo los coches importaban, solo
la masa era reconocible. Solo ella evolucionaba, se sacudía y se unificaba,
aplastando a cualquier individuo que pretendiera significarse realmente.
Se perfeccionaron las persianas, se perfeccionaron los edificios,
ya no había que salir a la calle para subirse al coche, los garajes estaban
integrados en la misma vivienda, bastaba coger el ascensor para que nos dejara
en la planta en que estaba aparcado. Ya nadie sabía si los patios eran alegres
o no, todas las ventanas estaban herméticamente cerradas, desde dentro, hacia
adentro y hacia afuera. Nadie cantaba coplas. Nadie se relacionaba con los
vecinos. Los amigos vivían lejos y había que hacer una excursión, naturalmente
en coche, para visitarlos, y muchos se quedaban en el camino, porque el
esfuerzo era demasiado, y salir de casa costaba. Que fácil era dejarse ir. Ir
espaciando los contactos hasta que espontáneamente dejaban de existir. Durante
un tiempo un vago recuerdo, una convicción intima de que había que volver a
llamarlos, pero... demasiado lejos, demasiado esfuerzo.
Todo, visto entre las lamas de una persiana preservadora de la
intimidad y el aislamiento se me antoja lejano pero vívido. Lleno de aromas de
tiempos que ahora, sumergido en la nostalgia, me parecen mejor. Tal vez no lo
fueran, pero el recuerdo me trae a la gente más viva, más humana. Qué duda
cabe, había grandes defectos, pero el problema es que por muchos que lo miro no
estoy seguro de que me gusten más los grandes defectos que los han ido
sucediendo. Si se pudieran cambiar uno a uno tal vez cambiara algunas virtudes
y defectos de entonces por los de ahora. Leche de vaca, el grito del sereno, la
empatía, la humanidad y las coplas, aunque tal vez todo sea uno.
Ya no hay bares. Ya no hay gente en las calles. La sociedad es un
conjunto de caracoles, de caracoles inversos, que no abandonan jamás sus casas,
ni las desplazan. El auge de las comunicaciones, y el afán de intimidad y
aislamiento nos han llevado a esto. Los nuevos edificios se construyen de
espaldas al afuera, solo con unas leves heridas en la fachada para la
renovación de aire en casos de emergencia, aunque todas ellas están en las
cámaras de entreplanta, nadie compraría una vivienda que tuviera comunicación
con el exterior. Vivo en una sociedad agorafóbica. Todo el universo, todo
tiempo, todo afán me es servido por los sistemas de comunicaciones. La
población, envejece, desciende en número, pero así es la civilización, algo
cada vez más lejano.
Ya solo nos queda habitar el mundo hacia adentro, volver de alguna
forma al claustro materno, convertirnos en un feto colectivo, en sujetos de una
regresión lánguida y consentida, si no deseada. Yo quizás ya no lo vea. Vamos es
seguro que no lo veré, aunque pase en mi tiempo y a mí alrededor.
viernes, 28 de septiembre de 2012
Un Instante Tarde (05-2011)
Se acababan de ir. Aún en nuestras retinas se reflejan sus últimos movimientos, tan reciente es su marcha. Pero al fin se han ido, un instante más tarde de lo que hubiera sido conveniente, claro que ya en el mismo momento de llegar era un instante más tarde de lo conveniente para que se fueran.
En los ojos transeúntes que contemplan el paisaje se mutan sus imágenes por las de la absoluta desolación que han dejado a su paso. No es un entorno árido en el sentido de desierto o de páramo, es una inabarcable sucesión de huellas de maltrato, de descuido, de desidia y desinterés, una interminable concatenación de pisadas y aplastamientos allí donde han habitado.
Nosotros, los fantasmas encarnados en piltrafas, miserables y cobardes, asistimos impertérritos a su llegada, sufrimos cobardes su convivencia y contemplamos escondidos su partida. Ninguno de nosotros osó jamás hacer demostración de nuestro rechazo. Ni siquiera se atrevió a pensarlo.
Solo ahora que ya han partido y nuestros miserables cuerpos vuelven a la vida, deambulando entre el recuerdo de lo que fue y ya no es, nos atrevemos a marcar con la mano los contornos de lo que había sido, a mover los ojos siguiendo unas líneas que ni el tiempo ya recuerda.
Nuestra cosecha de miedos, de desistimientos y renuncias será la más abundante que ningún ser vivo recuerde. Y lo peor de todo es que sabemos que una vez que volvamos a recuperar el color y la vida volverán para arrebatárnoslo y cobardemente asistiremos a su llegada, escondidos de nosotros mismos y pensando que llegaron un instante más tarde del instante en que deberían de haberse ido, pero sin decirlo.
Un Día, Mañana (04-2004)
Volvía presuroso hacia casa, la
mañana había sido intensa, la cabeza de Pérez Ruiz (clon 19) se había negado a
encajarse en el cuerpo original y no pudimos hacer nada, absolutamente nada. La
bronca con el concesionario de clones había sido de las que hacen época. Y
ahora la que peligraba era la mía. Susana ya me advirtió que venían sus padres
a comer y la inveterada puntualidad maniática de su madre. (Ya sabes que mamá
no soporta esperar, y yo no soporto que se ponga de mal humor por culpa de tu
trabajo. Si ves que no vas a poder llegar cierras antes el taller y se acabó).
Intenté llamarla por el móvil pero no conseguía cobertura. La maldita
saturación de ondas que nos estaban friendo a todos. La semana anterior había
leído en “El mundo del siglo XXII” que la cantidad de radiaciones que
soportamos nos freían un 3,78% de las células cada año, sin contar las que se
quedaban vivas pero alteradas. Seguramente por eso los talleres de implantación
clónica eran tan buen negocio, o habían sido, porque ahora cualquier
enfermerillo de tres al cuarto montaba uno. La verdad es que estoy pensando en
cambiar de negocio. Justo aquel infausto día se cayó el sistema de metrojet y
tuve que volver a casa en un tranporte militar de emergencia que recorría paso
a paso todos los domicilios de los ocupantes por orden de recogida. O eso o una
bicicleta pública, y eran 147 Km. Hacía años que no había montado. Llegué tres
horas tarde y hecho una lástima. Susana ni me miró, su madre entre despectiva y
regocijada.
No he vuelto a verlas, a ninguna
de las dos. Me voy a dedicar al cuidado de las mecanovacas. Es un nuevo invento
y te dan la leche ecológica, químicamente pura, ya pasteurizada y envasada. Van
a ser el gran negocio de los próximos años. Además ayer murió la madre de
Susana. Me he vestido de punta en blanco y voy hacia el tanatorio. Espero que
mi semblante sea el correcto.
sábado, 22 de septiembre de 2012
La Mudanza (11-2008)
Fui a
visitarlo, como tantas otras veces desde que decidió mudarse, y una vez más,
como todas las anteriores, volví con la sensación de que al fin era feliz, de
que había encontrado en su nueva morada toda la alegría, la luz, la felicidad
de la que siempre había carecido cuando vivía en nuestro mismo barrio.
Muchas
veces había comentado sus intenciones, pero nunca creímos que llegara a dar el
paso, era ya casi como una muletilla que incluso en ciertos momentos todos los
que estábamos con él coreábamos.
Cuando
por fin decidió mudarse al otro lado del río, lo hizo sin avisarnos,
simplemente se fue.
Algún
exagerado le llamó suicidio. Total... porque nadie construye puentes para
cruzar de un lado al otro de la superficie.
Cuento del Observador Divertido que Dentro de Eones Sobrevive al Tiempo y a las Estrellas
Habían pasado
ya millones de años, los ángeles envejecían, los soles se enfriaban y el
universo aspiraba a resumirse. En el interior de su morada de piedra la
calavera, íntimamente, seguía sonriendo.
lunes, 17 de septiembre de 2012
Situación Judicial (04-1995)
No podía ser de ninguna otra forma. No
había mas que leer un poco de historia, para darse cuenta de que este final era
inevitable.
Desde el paraiso donde Adán y Eva no
tenían más precepto que no comer el Fruto del Arbol del Bien y del Mal a los
Diez Mandamientos que Dios le entrego a Moisés hay un salto considerable, pero
es comprensible. Al fin y al cabo la humanidad ya tenía razas, religiones y
tribus, y había que organizar un poco la convivencia, más que nada para que las
relaciones entre las gentes y las obligaciones fundamentales estuviesen
claritas. Pero de ahí al derecho romano...
Con un solo precepto, el hombre fracasó,
con diez nadie pretendía que se cumplieran todos, por lo que acabaron
cumpliéndose todos mal, por decirlo de alguna manera. Cuando la cosa paso de
ahí, cuando el hombre no fue capaz de saber lo que mandaba la ley, porque la
ley era tan extensa que no había forma de conocerla toda, cuando hicieron falta
técnicos que interpretaran la ley para los demás, y otro que analizaba las
interpretaciones dispares, para a su vez interpretar quien había interpretado
con mas tino, entonces fue cuando cada hombre interpretó que podía interpretar
la ley como mejor le favoreciera, en tanto los grupos de poder interpretaban
que había que intentar impedir las interpretaciones que no se consideraban
adecuadas a la interpretación que convenía a los que mandaban. Con todo esto la
ley se convirtió en esencia y objetivo de si misma. Y ahí, ahí empezó el final.
En el momento en que una persona era
condenada legal pero injustamente, su esencia de justiciero clamaba contra el
sistema en forma de buscar la existencia de una ley que evitara el atropello
que acababa de cometerse con él y se promulgara una nueva ley que desdijera a
la anterior, con todos los dependes que su aplicación masiva provocaba.
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Cuando Ramón Pérez, el último hombre
libre que quedaba sobre la tierra, conectó su ordenador y leyó el aviso de
correo parpadeando en la pantalla, pensó en principio que era algún mensaje del
banco, tal vez el último extracto de cuentas, pero una vaga sensación en el
estómago le hizo fruncir el entrecejo. Nunca he conseguido explicarme la
relación muscular entre ambas partes del cuerpo, pero funciona.
Sea como sea, se demoró, en contra de lo
que era habitual en él. No podía evitar el pensar que no eran buenas noticias,
ni siquiera noticias banales.
Cuando por fin se decidió a recoger su
correo y vio el icono del Organismo Superior de Reglamentación de Actitudes
Ciudadanas, le sobrevino un ataque de risa nerviosa. El hecho de que el otro
icono fuese del Consejo Reglado de Justicia Internacional, no ayudó en nada.
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La promulgación de la ley para la
derogación de las leyes, ley 217/31 de 14 de octubre de 2031, que impedía la
derogación de ninguna ley promulgada antes de que se cumplieran diez años de su
entrada en vigor, y cuya función, inicialmente, era la de garantizar un periodo
de vida de las leyes promulgadas por un gobierno al producirse el relevo por
parte del siguiente, fue el primer paso.
A causa de los escándalos judiciales que
se produjeron, y las flagrantes situaciones de agravio comparativo que llevaron
a condenas absolutamente dispares en delitos exactamente iguales, según el juez
y lugar de enjuiciamiento, durante la recesión económica del 2056 en la Comunidad Europea ,
se dictó a Ley de Enjuiciamiento Único, que transfería las competencias de
dictamen de sentencias a un único departamento de la Secretaria de Justicia
y Actitudes Ciudadanas de la
Comunidad , a fin de garantizar la igualdad y equidad de las
resoluciones judiciales. Ese fue el segundo paso.
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A Carmen Martínez le llegó, por el
servicio de correo interno, a eso de las 11 de la mañana, el documento por el
que se le comunicaba la finalización de su condena, y la instaba a preparar sus
pertenencias en un plazo no superior a hora y media. Carmen aprovecho el tiempo
que le quedaba para comunicarles a sus compañeras de celda y pasillo la feliz
nueva.
Aquel día Begoña Ruiz, la
reclusa/furriel, estaba enferma, por lo que no se publicaron, en el tablón de
comunicados, las ordenes del día, como era preceptivo. Eso suponía una condena
no inferior a quince días, que se le comunicaría a la infractora oportunamente.
A las 12,40 horas Carmen traspasó la
penúltima puerta de la prisión e introdujo la tarjeta identificativa en el
lector que daría la orden de apertura a la puerta principal de la prisión. El
mecanismo hizo los ruidos pertinentes de lectura y comprobación de la tarjeta,
y le comunico a Carmen que tenia pendiente de cumplimiento una pena de dos
meses por revelación de contenido de comunicados oficiales a personal no
interesado, Ley 161/08 de 9 de junio de 2008, infracción cometida ese mismo día
entre las 11,05 y 11,53 horas.
Carmen penso que se le caía el mundo
encima cuando en vez de abrirse la puerta de la calle, la que se volvió a abrir
fue la de acceso a la prisión. Carmen lloró amargamente, maldijo, gritó e
incurrió en penas que le supondrían casi otro año de cárcel más, al infringir
varias leyes de actitud y compromiso del ciudadano respecto a los organismos y
centros oficiales. Pero de todas maneras esas no le serían comunicadas hasta
que hubiera cumplido íntegramente la pena anterior.
De todas formas, lo que no sabía Carmen,
y quizás no averiguara nunca, es que según la ley 161/47 de 8 de junio de 2047,
ningún convicto que hubiera cumplido mas de una condena podía ser excarcelado,
salvo que justificara, fehacientemente, unos ingresos que le permitieran el
mantenimiento de una vida digna, fuese eso lo que fuese.
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La promulgación de la ley 8/57 de 14 de
enero de 2057, que en su párrafo 5º
decía que la condena de todo delito flagrante, cuya condena no superase
los tres años de reclusión, sería de cumplimiento inmediato y no habría
posibilidad de recurso, y que en su párrafo 16º explicaba que dos penas no
podían cumplirse simultáneamente, si no que en todo caso ninguna podía
cumplirse hasta la extinción total de la anterior, fue el tercer paso.
La comisión interestatal, a la que se
unieron la practica totalidad de los países desde un principio, para la
unificación de criterios, recursos y actuaciones de los sistemas legales,
judiciales y penitenciarios, bajo el lema “Aldea Global/Justicia Global”, y
cuya superior aportación fue un Nuevo Derecho Internacional, que no era otra
cosa que un compendio de todos los derechos nacionales, fue el cuarto.
Ante la avalancha de información y la
necesidad de resoluciones inmediatas, y el descenso de personal cualificado a
causa de cumplimiento de condenas, no hubo otra solución que la delegación en
los ordenadores de las funciones de captura de información, evaluación, y
proposición de sentencia, que invariablemente se ejecutaba, para todos los
delitos menores. Y ese fue el paso definitivo.
En los quince días siguientes a la
entrada en vigor de la medida, mas del treinta por ciento de la población fue
sentenciada y requerida para cumplimiento inmediato de su condena.
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Ramón, mientras leía, en el comunicado
oficial, que estaba condenado a un arresto domiciliario de treinta días a causa
de no haber reparado, en el plazo concedido, el triturador de basuras de su
domicilio, oyó el chasquido que el cerrojo de confinamiento hacía en su puerta.
Pensó en preparar un recurso argumentando la imposibilidad de conseguir
trabajadores para realizar la reparación, pero sabía que no le iba a servir
para nada, así que prefirió llamar al Presidente de Francia, a cuya casa-celda,
tenia previsto hacer una visita oficial, en su calidad de presidente del
gobierno, para el día siguiente.
El hecho de que en el otro mensaje le
comunicaran la apertura de un proceso para juzgarlo por un delito de alta
traición, a causa de haber presentado una propuesta para la derogación de unas
leyes, acto con el que infringía la 217/31, de 14 de octubre de 2031, apenas si
le preocupó lo mas mínimo.
Lástima que en aquel mismo momento Carmen
volvía a entrar en su celda. Por un momento casi había habido, todavía, una
persona libre sobre la faz de la tierra.
Mi Otro Yo (07-2012)
Recuerdo con claridad cuando fui otro. Pensarás al oírme que hablo de vidas, de dimensiones, de secuelas de memoria de otras existencias, pero no, mis recuerdos de otro yo pertenecen a la secuencia de años de esta misma vida, de este mismo universo y plano. Pero yo era otro. Lo recuerdo claramente, con un dolor todavía lacerante en las entrañas cuando el miedo que entonces me lastraba vuelve a recrearse, aunque sea momentáneamente, cuando vuelven a mí las inseguridades, las infelicidades, la falta de afecto expresado que tanto sufrí sin saber por qué, sin saber que existía otra forma de vivir que no alcanzaba a imaginarme.
Replegado en un universo que recreaba para mi propia supervivencia me aferré a él en tanto conseguía equilibrar fuerzas con el mundo que me rodeaba, arañando tímidamente vivencias que curaran mi estima, amigos que afirmaran mi existencia, amores que justificaran mi valía.
Miro ahora, tantos años, casi una vida después, hacia atrás y me contemplo. Reconociéndome, como no, en aquel niño pero observándolo con la lejanía de saber que es otro, que no me une a él más que la continuidad de la vida y el tiempo y un apenas perceptible poso de sentimientos por personas y lugares que no siempre puedo encontrar en estos momentos.
Recuerdo con claridad cuando fui otro, con la misma claridad con la que jamás querría volver a serlo.
sábado, 15 de septiembre de 2012
Un Sueño
Hemos pasado una tarde estupenda. Mi hermana estuvo jugando
conmigo todo el tiempo a las
adivinanzas, me ha contado historias y también hemos hecho los deberes. Mi
hermana mayor me quiere mucho y cuando está conmigo me siento feliz. Lo que no
se es por qué ya no vive en casa. Supongo que se ha casado pero no lo recuerdo.
Tengo que preguntárselo cuando vuelva. Tampoco hemos visto a papá y a mamá, mi
hermana estuvo conmigo durante la cena y después me ayudo a acostarme. También
estaba la chica.
Pero ahora tengo mucho miedo. Tengo una pesadilla y no
consigo despertarme. He soñado que me despertaba en una habitación desconocida
y que yo quería que viniese mamá para que se me pasase el susto pero venía una
enfermera que tenía la cara de la chica que ayudó a mi hermana a acostarme y
entonces le pedía que llamara a mi hija. Porque en esta pesadilla yo tengo
hijos y mi mujer ha muerto y yo vivo en esta habitación y en este edificio.
Quiero despertarme, o volver a soñar, volver a tener 8 años
y jugar con mi hermana y esperar a que papá y mamá aparezcan en la puerta y yo
vaya corriendo a abrazarlos y a besarlos.
Estoy confuso. ¿Cuál
es el sueño?
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