sábado, 13 de diciembre de 2014

+/- Big Bang

La existencia era poco más que una mota consciente y quiso desentrañar el último misterio. Quiso recuperar el nombre sagrado y percibió en el último instante el suyo propio. Y la existencia comenzó de nuevo a expandirse.

domingo, 22 de diciembre de 2013

¿Y Yo?



Tribulaciones de un normal (1997)

Habitualmente no soy muy dado a quejarme. Considero que, sin que se pueda olvidar el factor suerte y dentro de unos límites, cada uno tiene lo que se ha buscado. Al menos así debería de ser en un mundo en el que imperase la igualdad de oportunidades. Me considero un tipo normal y ahí reside el origen de mis desgracias.
Todo el mundo pasa durante su vida por rachas buenas y malas. Yo he pasado la mayor parte de la mía siendo una persona levemente afortunada. Tenía trabajo, familia paternal, familia conyugal, bastantes amigos y una situación social media.
Sin que concurrieran motivos aparentes fue cumplir los cuarenta y empezar a ir todo de cabeza. La empresa en la que trabajaba quebró de la noche a la mañana y yo me encontré en la calle, sin indemnización alguna –en el fondo de garantía salarial me garantizaron que no habría forma de cobrar nada- y con un paro sobre el sueldo mínimo que la empresa cotizaba por mí. Como si esta situación fuera el banderazo de salida todo empezó a ir mal. Los problemas económicos hicieron mella en mi familia conyugal hasta acabar con ella en una palmaria demostración de que el amor, al igual que la mayor parte de las amistades, precisa de un fuerte cimiento económico. Mi familia paternal tampoco ayudó mucho, la verdad, y lo único que aportó al momento fueron recriminaciones sobre mi falta de previsión en los tiempos de bonanza. Lo de la hormiga con la cigarra fue bastante más considerado que lo de mis padres conmigo. Sin duda lo mejor fue lo de los pocos amigos que de verdad estaban allí en esos momentos y aún alguno me invita a comer a su casa de vez en cuando.
Por supuesto la ruptura conyugal llevó aparejadas la expulsión de mi hogar y una condena a pagar una manutención para mis hijos porque, según el juez, el que mi ex mujer ganara un sueldo considerable no era óbice para que yo, como hombre, como varón vamos, tuviera la obligación de contribuir al sostenimiento de mi familia, y la obligación de ceder el domicilio familiar, y la custodia de mis hijos, y afortunadamente nada más porque la vida la necesitaba para seguir haciendo el canelo. El hecho de que de mi subsidio de desempleo solo quedaran  doscientos euros el día de cobro no parecía hacer mella en el juicio de tan docto varón:
“El demandado es hombre, joven, razonablemente culto, con estudios, con experiencia, en la madurez de la vida y con capacidad, si se lo propone, para enderezar su vida” (sic)
Todos los días de cobro cuando recogía mis 197,38 euros lo recordaba, a él y a varias generaciones de su familia.
Cuando salí de mi ya antiguo hogar mis padres me acogieron temporalmente en el suyo, aportando, eso sí, ciento veinte euros de mi escaso pecunio porque : “bonito estaría que un hombre hecho y derecho viviera a costa de sus padres”, comiéndose lo poquito que tenían. Esa visión, para mí grotesca, de las cosas y el continuo y descarnado reproche por mi situación me llevaron un día a no soportar más la convivencia y cerrar tras de mí, de un portazo, la única puerta con techo que me quedaba. Sinceramente, por aquel entonces yo aún estaba convencido de que podría encontrar un trabajo en un tiempo razonable.
Era lector asiduo de las hojas de empleo de los periódicos. En los primeros días las leía en algún bar o café donde simulaba hojear sin especial interés la totalidad del diario y desestimarlo con cierta displicencia final como si no hubiera nada realmente interesante, pero el deterioro de mi ropa pronto me hizo excesivamente visible al entrar y notaba la mirada continua y suspicaz del camarero de turno, e incluso de ciertos parroquianos, sobre mi persona que hacían que me sintiera diferente, especial, vigilado al fin y a la postre. Tal vez yo me estuviera volviendo susceptible, tal vez no.
Tras algunas entrevistas empecé a comprender que encontrar el dichoso trabajo no iba a resultar tan fácil como inicialmente había previsto, bueno lo que en realidad comprendí fue que sería prácticamente imposible. Con el dinero del que podía disponer no podía ni plantearme pagar el material, los derechos y sobrevivir el tiempo necesario para hacer unas oposiciones, no tenía coche ni moto para el perfil de mensajero, carecía del físico necesario para vigilante de seguridad o portero de local de diversión, me faltaba empuje para pedir, sin contar con la vergüenza ajena que el solo pensamiento me producía, y después de comer no me quedaba ni para comprar unos pañuelos de papel que vender en los semáforos. También intenté un día, armado de artilugio y cubo, la limpieza de cristales de coches. No conseguí limpiar ni uno en el tiempo en el que estuve – yo siempre he respetado la voluntad ajena y si alguien me dice que no es que no-. No fue demasiado tiempo, un par de horas, porque fui expulsado del lugar por una numerosa panda de extranjeros perfectamente organizados –limpiadores, vigilantes, transportistas y recaudadores- que en breve lapso de tiempo y con métodos en nada parecidos a los míos consiguieron una bonita cifra. Cosas del “bisnes”
Antes de darlo por imposible empecé a presentarme a cualquier trabajo que surgiera, cualquiera. Prácticamente estaba disponible por el precio de un techo y dos comidas calientes al día, pero ni así.
Si el trabajo era duro y mal pagado yo no valía porque tenían preferencia los inmigrantes ilegales cuya condición les imposibilitaba protestar ante los abusos. Si el trabajo conllevaba responsabilidad me faltaba “curriculum” en ese aspecto, si era un trabajo profesional no tenía conocimientos ni edad para empezar a aprender, si era poco cualificado con más de 27 años no daba el perfil ni tenía las ayudas a menores de esa edad. Si se ajustaba a mi experiencia, un par de veces, la discapacidad alegada por mis contrarios le proporcionaban, al contratante, ventajas fiscales que yo no podía aportar.  
Como cobrador de recibos puerta a puerta resulté demasiado joven para que la empresa accediera a los beneficios de los contratos a mayores de 50. De empleada del hogar no me cogieron por no ser mujer, de ascensorista por viejo, de bedel de una biblioteca por joven, de peón de albañil por físico,  dijeron, de empleado de oficina por no saber escribir a máquina con todos los dedos, de secretaria porque buscaban un perfil femenino, de comercial duré cuatro días, de vendedor ambulante de libros no conseguí vender ni uno, de abogado porque no lo era…. No pertenecer a ninguna minoría protegida me cerraba las puertas con más fuerza, si es que ello era posible.
Hace ya varios meses que mi miserable condición física, sin desmerecer a la psíquica, me impiden presentarme a ningún trabajo. Yo creo que en realidad ya no me apetece buscar trabajo. Me siento a determinadas horas delante de cierta tienda de comestibles, de un buen barrio y con clientela elegante, y espero a que me den algo, comida, ropa, algo de dinero, sin que yo en ningún momento lo pida explícitamente, ni haga ademán de aceptarlo ni agradecerlo. Si algún cliente, alguna vez, en un ataque equivocado de conciencia juega a interesarse por mis problemas le cuento lo primero que se me ocurra. Ni a él le interesa realmente mi vida ni a mí me importa un pito su interés.
El otro día un señorito muy atildado y untuoso me dijo con mirada misericorde que yo era un “homelesssss” como los que él había visto en sus viajes a “Níu York”. No, le contesté, yo solo soy un gilipollas a la intemperie. Y así es, duermo donde puedo y me dejan, como lo que me quieren dar y no espero nada de nadie que es la única forma de no acabar siendo un gilipollas frustrado a la intemperie.
Ayer me enteré por unas hojas de periódico con las que abrigarme que el ayuntamiento preveía entregar unas viviendas prefabricadas a personas sin hogar, así que me salté mis horas de despacho frente a la tienda y me puse en una cola larga y multiétnica. Tras un par de horas de arrastrar los pies a intervalos  entré en un cubículo donde un par de señoritas muy atareadas, tanto que no tenían tiempo para exhibir modales, “atendían” a los solicitantes. La que a mí me correspondió, que por cierto me resultaba vagamente familiar, tras leer mi solicitud con aparente interés me espetó de corrido: “El solicitante es hombre, joven, razonablemente culto, con estudios, con experiencia, en la madurez de la vida y con capacidad, si se lo propone, para enderezar su vida”(sic)
Seguro, aquella mirada, el tono de voz, la displicencia… esa sentencia demoledora, tenía que ser hija del recordado juez.
Al parecer en esta sociedad, y por intereses que se me escapan, hemos pasado de la discriminación negativa a la discriminación positiva. Solo las minorías son protegidas.
¿Y yo? ¿Quién me protege a mí? ¿Acaso para garantizar la supervivencia, para tener una oportunidad, hay que ser oso, gay, mujer, gitano, ciego, joven, viejo o toro de lidia?

 Ah¡, se me olvidaba, tampoco puedo morirme porque no tengo dinero suficiente para costear mi entierro. 

viernes, 31 de mayo de 2013

Eternidades (05-2013)

Hacía una eternidad que la última de las infinitudes se había contraído hasta desaparecer en si misma. Ni seres, ni soles, ni universos, nada existía desde hacía una eternidad.

Dios pensó durante otra breve eternidad que lo echaba de menos y empezó a trabajar la nada para que nacieran nuevas infinitudes en las que recrearse durante apenas un no instante de la eternidad. Si pudiera crear algo eterno… tal vez si se lo pidiera al Supremo, al Inalcanzable.

domingo, 28 de octubre de 2012

Un Mal Sueño


Estaba sumido en un sueño profundo, malsano. Mi cuerpo sudaba y notaba que las sábanas mojadas, adherentes, estaban enroscadas a mí, apretando mi cuerpo, pero no era capaz de moverme para retirarlas. Tenía la boca seca, maldita resaca. Me despertó un golpeteo rítmico cercano. Aún era noche cerrada. Creí que era mi corazón pero el ruido era externo a mi cuerpo. Intenté conciliar de nuevo el sueño pero el golpeteo aunque más amortiguado continuaba.  Intenté estirar el brazo para encender la luz de la mesilla pero mi mano chocó con la pared inmediatamente, no recordaba que la pared estuviera pegada a la cama. Pensé intentando ubicarme donde me había acostado en la noche anterior. En mi cama. Al estirar el otro brazo  sucedió lo mismo. Tampoco hacia arriba encontré espacio. Estaba encerrado y ya no oía nada. Observé con cuidado. No respiraba. Tenía que despertarme. Tal vez si conseguía moverme.

Me despertó un golpeteo rítmico, cercano. Aún era noche cerrada. No respiraba. Tenía que moverme. Tenía que despertarme.

Me despertó un golpeteo rítmico, cercano. No respiraba. Tenía que moverme. Tenía que despertarme.

No me movía. Tenía que despertarme.
.
Tenía que despertarme.

Que moverme y respirar.

Que respirar.

Que despertarme.

Despertarme.

sábado, 29 de septiembre de 2012

Caracol (01-1997)


Recuerdo, de cuando era pequeño, en casa de mi abuela, la vida que transcurría en la calle, y por los patios. Asomarse a un balcón, prestar oídos a una ventana, era encontrarse con el bullicio de la vida. Me parece ahora mismo que hasta la terraza del sexto piso llegaban los aromas de la calle recién regada, el rumor de las conversaciones de las mujeres comprando en las tiendas de la calle, los requiebros y comentarios de los dependientes, las risas jocosas que les respondían, la fragancia de mañana soleada de primavera, a eso de las diez, y la voz cansina del chatarrero, casi un canto de reclamo, una letanía ininteligible, monótona, con altibajos, y sin la que la mañana sería de otra forma, como lo sería un parque sin el canto de los pájaros o las voces de los niños.
Y cuando iba a la cocina, a desayunar, arrupárpagos y café de niños, veía a mi abuela hablando con la vecina de enfrente, rumores de otras conversaciones entre otras ventanas y el canto de las coplas de siempre, y las del momento que cantaba sin recato, y para mayor gloria del vecindario, la chica que servía dos pisos más abajo. Coplas que han quedado ineludiblemente ligadas a mi infancia, como la sintonía del NO-DO. ¿Cómo concebir un desayuno en silencio? Las ventanas estaban llenas de flores y el aire pleno de aromas y de notas. La vida estaba viva.
Quizás no fuera primavera todo el tiempo, quizás mi memoria me engaña con los recuerdos más selectos, pero el hálito de la vida está pleno en esas secuencias de niñez. Ya sé que había invierno, colegios y castigos, pero también había gente al anochecer en las puertas de las casas, lecherías con leche de vaca, y bares llenos de gentes charlando unos con otros como si se conocieran de toda la vida. Conociéndose de casi toda la vida. De una vida que compartían en la calle, por los patios y en cualquier lugar que se encontraran.
Quizás deje arrinconada la memoria de la casa de mis padres, un bajo interior que no daba a ningún patio de alegría, con vecinos de los que apenas si se sabía el nombre y con los que se intercambiaba un saludo casi puramente ritual, pero es que hasta que fui bastante mayor toda mi vida transcurría en la casa y en el barrio de mi abuela. La casa de mis padres, al fin y al cabo, no era una casa vecinal en el sentido que yo conocía, si no una casa socialmente repartida entre ricos, que vivían en el exterior, y humildes, -sofisticado  vocablo-, que habitábamos en el interior. Entre propietarios estirados y amables, e inquilinos amables y ligeramente huidizos con los iguales y amables y ligeramente ceremoniosos y considerados con los exteriores. Tal vez por eso, porque todos los interiores teníamos el ejemplo de las casas grandes y luminosas, con gran número de balcones al exterior, porque no éramos todos iguales, ni nadie lo pretendía, era por lo que aquella casa, y en realidad todo el barrio, no tenía la alegría, el palpito de vida que yo recuerdo en el de mi abuela.
No recuerdo cuantos años tenía, ya talludito en todo caso, cuando se vieron por primera vez unas ventanas cerradas, bueno, con los visillos echados en el patio. Eran unos vecinos que acababan de llegar a la casa. Se comentaba que eran un poquito raros, saludaban escuetamente, cuando se les saludaba, y no aparecían por ninguno de los bares de alrededor. Se sabía cuál era su nombre porque Doña Anita, la portera, se lo había preguntado al cartero.
Fueron pasando los años, con calma en principio, siempre inexorablemente, e inexorablemente los vecinos fueron cambiando, e indefectiblemente las ventanas se fueron cerrando, se fueron tapando con los visillos, tal vez en mi imaginación, cada vez más tupidos, cada vez más parecidos a vendas que tapaban de los ojos externos algún tipo de vergüenza inimaginable. Ya no había tertulias en las ventanas, ni chachas que cantaran coplas que resonasen por el patio. Una vez uno de los nuevos vecinos  protesto por el ruido, y sugirió que quien quisiera cantar que se fuese al teatro. Lolita siguió cantando, pero ya no era con alegría, era más bien con animadversión. Ya no cantaba para ella y para todos los demás, cantaba contra el vecino, cantaba con fastidio, con inquina, y cada vez cantaba menos, víctima de su propia tristeza.
Los bares se fueron cerrando, como las ventanas y como los visillos, y en su lugar se fueron abriendo cafeterías y pubs, con cortinas tupidas al exterior, y con una supuesta vocación de postín, que solían desmentir los servicios. Los camareros cambiaron la chaquetilla arremangada y el mostrador de zinc por la chaquetilla impoluta, la corbata y el mostrador de madera. Los parroquianos consumían en círculos cerrados y parecían tan extraños al local como lo eran al vecindario. Llegaban, pedían algo, y lo consumían, solos o en compañía, aislados en su banqueta o en la mesa del rincón. Era extraña la capacidad que tenían estos locales para que todas las mesas pareciesen estar en un rincón.
 También las calles cambiaban, los maravillosos bulevares que permitían pasear por ellas casi como si fuesen jardines, las magníficas calles para peatones en las que con la llegada del buen tiempo florecían las terracillas de kioscos, de árboles bajo los que pasear con el humor que el buen tiempo depositaba, aquellos en los que yo podía jugar sin tener que buscar un parque como único y especifico lugar de juegos, desaparecieron de la noche a la mañana, se convirtieron en parte de la calzada para vehículos. La ciudad crecía, cada vez llegaba más gente de fuera, los vehículos más asequibles gracias al progreso y a la bonanza económica, se comían las calles de los peatones. Todos a motor. Ni siquiera en las calles del barrio de mi abuela, en aquellas partes donde la gente se aglomeraba porque había una tasca o una bodega, se veía ya tanta gente. La lechería se hizo tienda de regalos y los coches, cada vez más, aparcados en batería no dejaban sitio para que la gente se reuniese en las aceras.
Todo se transformaba en aras del progreso y la calidad de vida, aunque yo personalmente creo que justamente eso era lo que se perdía. Asepsia era el valor en alza, productos naturales y humanidad los valores en baja. La irrupción de las televisiones en la vida familiar nos llevaba hacia la tecnificación yanqui, la estandarización a cambio del humanismo.
Las cortinas se tupieron de tal forma que se convirtieron en estores, vendas absolutamente opacas que en algunos casos, y en el colmo de la sofisticación, llevaban dibujos de gran colorido, e incluso imitaciones de paisajes exóticos o lejanos. Muchos vecinos ya no saludaban, ni siquiera en respuesta al saludo ajeno, el asfalto florecía en pasos elevados y el espacio peatonal se reducía de una forma continua e implacable. Uno podía encontrar leche en polvo, condensada, concentrada, uperisada, esterilizada. Pero no leche de vaca, ya no había nata. Ya, al pasear por el mercado, no se veía flotar la mantequilla en cacharros con agua. Y los bizcochos, los queiques no tenían el mismo sabor, aquella fragancia que le decía al paladar el secreto de la nata recién recogida de la leche en el fuego, aquel toque remoto de pegado.
Y los bares. Ya no se llevaban tampoco los pubs, las cafeterías habían envejecido y habían revertido sus insinuaciones de postín, sus oropeles de baratillo, en una decoración que, al envejecer, descubría entre sus grietas todo el fulgor cutre que realmente encerraba. Los dorados, desconchados, traslucían el yeso resquebrajado, los espejos, el corcho que los respaldaba... Ahora los bares de copas, al más puro estilo de las películas americanas, eran el lugar de reunión nocturno. Bares fríos, con una decoración ausente y una invariable vocación de provisionalidad. A pesar de la carencia de ruedas, sus propietarios, sus clientes, sus barras y especialidades, sus camareros, se trasladaban de una zona de moda a otra según se imponía en cada momento. La ciudad, la calle se deshumanizaba por oleadas, solo los coches importaban, solo la masa era reconocible. Solo ella evolucionaba, se sacudía y se unificaba, aplastando a cualquier individuo que pretendiera significarse realmente.
Se perfeccionaron las persianas, se perfeccionaron los edificios, ya no había que salir a la calle para subirse al coche, los garajes estaban integrados en la misma vivienda, bastaba coger el ascensor para que nos dejara en la planta en que estaba aparcado. Ya nadie sabía si los patios eran alegres o no, todas las ventanas estaban herméticamente cerradas, desde dentro, hacia adentro y hacia afuera. Nadie cantaba coplas. Nadie se relacionaba con los vecinos. Los amigos vivían lejos y había que hacer una excursión, naturalmente en coche, para visitarlos, y muchos se quedaban en el camino, porque el esfuerzo era demasiado, y salir de casa costaba. Que fácil era dejarse ir. Ir espaciando los contactos hasta que espontáneamente dejaban de existir. Durante un tiempo un vago recuerdo, una convicción intima de que había que volver a llamarlos, pero... demasiado lejos, demasiado esfuerzo.
Todo, visto entre las lamas de una persiana preservadora de la intimidad y el aislamiento se me antoja lejano pero vívido. Lleno de aromas de tiempos que ahora, sumergido en la nostalgia, me parecen mejor. Tal vez no lo fueran, pero el recuerdo me trae a la gente más viva, más humana. Qué duda cabe, había grandes defectos, pero el problema es que por muchos que lo miro no estoy seguro de que me gusten más los grandes defectos que los han ido sucediendo. Si se pudieran cambiar uno a uno tal vez cambiara algunas virtudes y defectos de entonces por los de ahora. Leche de vaca, el grito del sereno, la empatía, la humanidad y las coplas, aunque tal vez todo sea uno.
Ya no hay bares. Ya no hay gente en las calles. La sociedad es un conjunto de caracoles, de caracoles inversos, que no abandonan jamás sus casas, ni las desplazan. El auge de las comunicaciones, y el afán de intimidad y aislamiento nos han llevado a esto. Los nuevos edificios se construyen de espaldas al afuera, solo con unas leves heridas en la fachada para la renovación de aire en casos de emergencia, aunque todas ellas están en las cámaras de entreplanta, nadie compraría una vivienda que tuviera comunicación con el exterior. Vivo en una sociedad agorafóbica. Todo el universo, todo tiempo, todo afán me es servido por los sistemas de comunicaciones. La población, envejece, desciende en número, pero así es la civilización, algo cada vez más lejano.
Ya solo nos queda habitar el mundo hacia adentro, volver de alguna forma al claustro materno, convertirnos en un feto colectivo, en sujetos de una regresión lánguida y consentida, si no deseada. Yo quizás ya no lo vea. Vamos es seguro que no lo veré, aunque pase en mi tiempo y a mí alrededor.

viernes, 28 de septiembre de 2012

Un Instante Tarde (05-2011)


Se acababan de ir. Aún en nuestras retinas se reflejan sus últimos movimientos, tan reciente es su marcha. Pero al fin se han ido, un instante más tarde de lo que hubiera sido conveniente, claro que ya en el mismo momento de llegar era un instante más tarde de lo conveniente para que se fueran.

En los ojos transeúntes que contemplan el paisaje se mutan sus imágenes por las de la absoluta desolación que han dejado a su paso. No es un entorno árido en el sentido de desierto o de páramo, es una inabarcable sucesión de huellas de maltrato, de descuido, de desidia y desinterés, una interminable concatenación de pisadas y aplastamientos allí donde han habitado.

Nosotros, los fantasmas encarnados en piltrafas, miserables y cobardes, asistimos impertérritos a su llegada, sufrimos cobardes su convivencia y contemplamos escondidos su partida. Ninguno de nosotros osó jamás hacer demostración de nuestro rechazo. Ni siquiera se atrevió a pensarlo.

Solo ahora que ya han partido y nuestros miserables cuerpos vuelven a la vida, deambulando entre el recuerdo de lo que fue y ya no es, nos atrevemos a marcar con la mano los contornos de lo que había sido, a mover los ojos siguiendo unas líneas que ni el tiempo ya recuerda.

Nuestra cosecha de miedos, de desistimientos y renuncias será la más abundante que ningún ser vivo recuerde. Y lo peor de todo es que sabemos que una vez que volvamos a recuperar el color y la vida volverán para arrebatárnoslo y cobardemente asistiremos a su llegada, escondidos de nosotros mismos y pensando que llegaron un instante más tarde del instante en que deberían de haberse ido, pero sin decirlo.

Un Día, Mañana (04-2004)


Volvía presuroso hacia casa, la mañana había sido intensa, la cabeza de Pérez Ruiz (clon 19) se había negado a encajarse en el cuerpo original y no pudimos hacer nada, absolutamente nada. La bronca con el concesionario de clones había sido de las que hacen época. Y ahora la que peligraba era la mía. Susana ya me advirtió que venían sus padres a comer y la inveterada puntualidad maniática de su madre. (Ya sabes que mamá no soporta esperar, y yo no soporto que se ponga de mal humor por culpa de tu trabajo. Si ves que no vas a poder llegar cierras antes el taller y se acabó). Intenté llamarla por el móvil pero no conseguía cobertura. La maldita saturación de ondas que nos estaban friendo a todos. La semana anterior había leído en “El mundo del siglo XXII” que la cantidad de radiaciones que soportamos nos freían un 3,78% de las células cada año, sin contar las que se quedaban vivas pero alteradas. Seguramente por eso los talleres de implantación clónica eran tan buen negocio, o habían sido, porque ahora cualquier enfermerillo de tres al cuarto montaba uno. La verdad es que estoy pensando en cambiar de negocio. Justo aquel infausto día se cayó el sistema de metrojet y tuve que volver a casa en un tranporte militar de emergencia que recorría paso a paso todos los domicilios de los ocupantes por orden de recogida. O eso o una bicicleta pública, y eran 147 Km. Hacía años que no había montado. Llegué tres horas tarde y hecho una lástima. Susana ni me miró, su madre entre despectiva y regocijada.

No he vuelto a verlas, a ninguna de las dos. Me voy a dedicar al cuidado de las mecanovacas. Es un nuevo invento y te dan la leche ecológica, químicamente pura, ya pasteurizada y envasada. Van a ser el gran negocio de los próximos años. Además ayer murió la madre de Susana. Me he vestido de punta en blanco y voy hacia el tanatorio. Espero que mi semblante sea el correcto.

sábado, 22 de septiembre de 2012

La Mudanza (11-2008)


Fui a visitarlo, como tantas otras veces desde que decidió mudarse, y una vez más, como todas las anteriores, volví con la sensación de que al fin era feliz, de que había encontrado en su nueva morada toda la alegría, la luz, la felicidad de la que siempre había carecido cuando vivía en nuestro mismo barrio.

Muchas veces había comentado sus intenciones, pero nunca creímos que llegara a dar el paso, era ya casi como una muletilla que incluso en ciertos momentos todos los que estábamos con él coreábamos.

Cuando por fin decidió mudarse al otro lado del río, lo hizo sin avisarnos, simplemente se fue.

Algún exagerado le llamó suicidio. Total... porque nadie construye puentes para cruzar de un lado al otro de la superficie.

Cuento del Observador Divertido que Dentro de Eones Sobrevive al Tiempo y a las Estrellas


Habían pasado ya millones de años, los ángeles envejecían, los soles se enfriaban y el universo aspiraba a resumirse. En el interior de su morada de piedra la calavera, íntimamente, seguía sonriendo.

lunes, 17 de septiembre de 2012

Situación Judicial (04-1995)


No podía ser de ninguna otra forma. No había mas que leer un poco de historia, para darse cuenta de que este final era inevitable.

Desde el paraiso donde Adán y Eva no tenían más precepto que no comer el Fruto del Arbol del Bien y del Mal a los Diez Mandamientos que Dios le entrego a Moisés hay un salto considerable, pero es comprensible. Al fin y al cabo la humanidad ya tenía razas, religiones y tribus, y había que organizar un poco la convivencia, más que nada para que las relaciones entre las gentes y las obligaciones fundamentales estuviesen claritas. Pero de ahí al derecho romano...

Con un solo precepto, el hombre fracasó, con diez nadie pretendía que se cumplieran todos, por lo que acabaron cumpliéndose todos mal, por decirlo de alguna manera. Cuando la cosa paso de ahí, cuando el hombre no fue capaz de saber lo que mandaba la ley, porque la ley era tan extensa que no había forma de conocerla toda, cuando hicieron falta técnicos que interpretaran la ley para los demás, y otro que analizaba las interpretaciones dispares, para a su vez interpretar quien había interpretado con mas tino, entonces fue cuando cada hombre interpretó que podía interpretar la ley como mejor le favoreciera, en tanto los grupos de poder interpretaban que había que intentar impedir las interpretaciones que no se consideraban adecuadas a la interpretación que convenía a los que mandaban. Con todo esto la ley se convirtió en esencia y objetivo de si misma. Y ahí, ahí empezó el final.

En el momento en que una persona era condenada legal pero injustamente, su esencia de justiciero clamaba contra el sistema en forma de buscar la existencia de una ley que evitara el atropello que acababa de cometerse con él y se promulgara una nueva ley que desdijera a la anterior, con todos los dependes que su aplicación masiva provocaba.

--------------------------------------------------------------------------------------------------------

Cuando Ramón Pérez, el último hombre libre que quedaba sobre la tierra, conectó su ordenador y leyó el aviso de correo parpadeando en la pantalla, pensó en principio que era algún mensaje del banco, tal vez el último extracto de cuentas, pero una vaga sensación en el estómago le hizo fruncir el entrecejo. Nunca he conseguido explicarme la relación muscular entre ambas partes del cuerpo, pero funciona.

Sea como sea, se demoró, en contra de lo que era habitual en él. No podía evitar el pensar que no eran buenas noticias, ni siquiera noticias banales.

Cuando por fin se decidió a recoger su correo y vio el icono del Organismo Superior de Reglamentación de Actitudes Ciudadanas, le sobrevino un ataque de risa nerviosa. El hecho de que el otro icono fuese del Consejo Reglado de Justicia Internacional, no ayudó en nada.

--------------------------------------------------------------------------------------------------------

La promulgación de la ley para la derogación de las leyes, ley 217/31 de 14 de octubre de 2031, que impedía la derogación de ninguna ley promulgada antes de que se cumplieran diez años de su entrada en vigor, y cuya función, inicialmente, era la de garantizar un periodo de vida de las leyes promulgadas por un gobierno al producirse el relevo por parte del siguiente, fue el primer paso.

A causa de los escándalos judiciales que se produjeron, y las flagrantes situaciones de agravio comparativo que llevaron a condenas absolutamente dispares en delitos exactamente iguales, según el juez y lugar de enjuiciamiento, durante la recesión económica del 2056 en la Comunidad Europea, se dictó a Ley de Enjuiciamiento Único, que transfería las competencias de dictamen de sentencias a un único departamento de la Secretaria de Justicia y Actitudes Ciudadanas de la Comunidad, a fin de garantizar la igualdad y equidad de las resoluciones judiciales. Ese fue el segundo paso.

--------------------------------------------------------------------------------------------------------

A Carmen Martínez le llegó, por el servicio de correo interno, a eso de las 11 de la mañana, el documento por el que se le comunicaba la finalización de su condena, y la instaba a preparar sus pertenencias en un plazo no superior a hora y media. Carmen aprovecho el tiempo que le quedaba para comunicarles a sus compañeras de celda y pasillo la feliz nueva.

Aquel día Begoña Ruiz, la reclusa/furriel, estaba enferma, por lo que no se publicaron, en el tablón de comunicados, las ordenes del día, como era preceptivo. Eso suponía una condena no inferior a quince días, que se le comunicaría a la infractora oportunamente.

A las 12,40 horas Carmen traspasó la penúltima puerta de la prisión e introdujo la tarjeta identificativa en el lector que daría la orden de apertura a la puerta principal de la prisión. El mecanismo hizo los ruidos pertinentes de lectura y comprobación de la tarjeta, y le comunico a Carmen que tenia pendiente de cumplimiento una pena de dos meses por revelación de contenido de comunicados oficiales a personal no interesado, Ley 161/08 de 9 de junio de 2008, infracción cometida ese mismo día entre las 11,05 y 11,53 horas.

Carmen penso que se le caía el mundo encima cuando en vez de abrirse la puerta de la calle, la que se volvió a abrir fue la de acceso a la prisión. Carmen lloró amargamente, maldijo, gritó e incurrió en penas que le supondrían casi otro año de cárcel más, al infringir varias leyes de actitud y compromiso del ciudadano respecto a los organismos y centros oficiales. Pero de todas maneras esas no le serían comunicadas hasta que hubiera cumplido íntegramente la pena anterior.

De todas formas, lo que no sabía Carmen, y quizás no averiguara nunca, es que según la ley 161/47 de 8 de junio de 2047, ningún convicto que hubiera cumplido mas de una condena podía ser excarcelado, salvo que justificara, fehacientemente, unos ingresos que le permitieran el mantenimiento de una vida digna, fuese eso lo que fuese.

--------------------------------------------------------------------------------------------------------

La promulgación de la ley 8/57 de 14 de enero de 2057, que en su párrafo 5º  decía que la condena de todo delito flagrante, cuya condena no superase los tres años de reclusión, sería de cumplimiento inmediato y no habría posibilidad de recurso, y que en su párrafo 16º explicaba que dos penas no podían cumplirse simultáneamente, si no que en todo caso ninguna podía cumplirse hasta la extinción total de la anterior, fue el tercer paso.

La comisión interestatal, a la que se unieron la practica totalidad de los países desde un principio, para la unificación de criterios, recursos y actuaciones de los sistemas legales, judiciales y penitenciarios, bajo el lema “Aldea Global/Justicia Global”, y cuya superior aportación fue un Nuevo Derecho Internacional, que no era otra cosa que un compendio de todos los derechos nacionales, fue el cuarto.

Ante la avalancha de información y la necesidad de resoluciones inmediatas, y el descenso de personal cualificado a causa de cumplimiento de condenas, no hubo otra solución que la delegación en los ordenadores de las funciones de captura de información, evaluación, y proposición de sentencia, que invariablemente se ejecutaba, para todos los delitos menores. Y ese fue el paso definitivo.

En los quince días siguientes a la entrada en vigor de la medida, mas del treinta por ciento de la población fue sentenciada y requerida para cumplimiento inmediato de su condena.

---------------------------------------------------------------------------------------------------

Ramón, mientras leía, en el comunicado oficial, que estaba condenado a un arresto domiciliario de treinta días a causa de no haber reparado, en el plazo concedido, el triturador de basuras de su domicilio, oyó el chasquido que el cerrojo de confinamiento hacía en su puerta. Pensó en preparar un recurso argumentando la imposibilidad de conseguir trabajadores para realizar la reparación, pero sabía que no le iba a servir para nada, así que prefirió llamar al Presidente de Francia, a cuya casa-celda, tenia previsto hacer una visita oficial, en su calidad de presidente del gobierno, para el día siguiente.

El hecho de que en el otro mensaje le comunicaran la apertura de un proceso para juzgarlo por un delito de alta traición, a causa de haber presentado una propuesta para la derogación de unas leyes, acto con el que infringía la 217/31, de 14 de octubre de 2031, apenas si le preocupó lo mas mínimo. 

Lástima que en aquel mismo momento Carmen volvía a entrar en su celda. Por un momento casi había habido, todavía, una persona libre sobre la faz de la tierra.