domingo, 9 de septiembre de 2012

El Circo De Mi Pueblo (Fábula Desmoralizante) (2005)


Guardaba en la chistera un conejo de trapo, aseado y viejo, con unos ojos de cristal que la ilusiones ajenas veían moverse, como al cuerpo, unos cuantos naipes marcados, cuerdas de pega, tijeras que no cortaban y flores de papel de todos los colores y tamaños, que la misma fuerza que hacía moverse al conejo les confería aromas y texturas. Aunque todos los elementos eran viejos, vieja la maleta que los contenía, viejas las palabras con que encandilaba a los espectadores, estos, los espectadores digo, eran nuevos, nuevas sus ilusiones, nuevas las ansias de maravillarse, nuevos en su afán y en su entrega.

El mago llegó y los asombró con sus palabras, ya nadie pronunciaba esas palabras, ya nadie ponía tanta convicción en lo que les decía, a nadie le brillaban tanto los ojos cuando les hablaba, nadie describía las maravillas de la magia como aquel mago.

Hasta entonces solo habían tenido un equilibrista que murió en el alambre, de viejo, no es que sufriera ningún percance ni que lo echaran por repetitivo, no, un buén día, subido en su aparato de trabajo se murió. Hubo empleados del circo que quisieron que el número continuara, y algunos, a fuerza de años de verlo, intentaron perpetuarlo, pero el número murió con él.

El malabarista que trajeron para sustituirlo era muy bueno. Al principio la gente, acostumbrada al número anterior iba más al circo a ver como fracasaba que a aplaudirle, pero la verdad es que era muy bueno, yo creo que el mejor que recuerdo, conseguía poner en el aire cantidad de elementos que continuamente parecía que se le descontrolaban, pero no, siempre los volvía a poner bajo su control. Se agotó, tuvieron que sustituirlo por puro agotamiento, pero todos lo recordamos.

El siguiente fue un mago, brillante, imaginativo, audaz, encandiló al público y le dia al circo un aire nuevo y vibrante. Estuvo varias temporadas y la gente se resistía a que se fuera, pero finalmente se fue, un poco por cansancio y un mucho porque los errores que este le producía dejaron algunos trucos a la vista del público, y el público somos así, no perdonamos.

Después vino un clown. A nadie le gustaba especialmente el número y sus chistes no parecían hacer gracia, pero se fue asentando, y sustituía su falta de guión con unos grandes recursos técnicos y su afán de agradar. Se confió en su éxito aparente y se olvidó de querer agradar. Cuando anunció que se retiraba y propuso a otro clown para sustituirlo, el público le dimos la espalda, quizás injustamente, tal vez justamente.

Nuestro mago actual solo tiene ilusión, pero sus trucos son viejos, su material es viejo -el otro día en pleno truco al conejo se le rompió una patita, algunos niños lloraron-, su ayudante es antipática y parece que no se depila las piernas. Corren malos tiempos para el mago actual.

Corren malos tiempos para el circo de mi pueblo.

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